Este plato del que os escribo ahora, es muy sencillo de preparar y también muy característico del País Vasco, genial para la época de invierno, calentito y suave, donde esté un buen plato de cuchara…
Su nombre procede del euskera: porru significa «puerro» y salda significa «caldo», por lo que literalmente puede traducirse como «caldo de puerros».
Se trata de una receta nacida en las zonas rurales del País Vasco, Navarra y La Rioja, donde las familias aprovechaban los productos que nunca faltaban en la huerta: puerros, patatas y, según la temporada, zanahorias, calabaza u otras verduras.
Durante siglos fue un plato muy habitual en épocas de escasez y también durante la Cuaresma. En muchas casas vascas se enriquecía con bacalao, un ingrediente muy ligado a la tradición marinera del País Vasco y especialmente popular en Vizcaya.
En mi casa además de los puerros y las patatas, añadimos calabaza y utilizamos una cola de bacalao seco en el último hervor para aportar un sabor especial.
Detalle de preparación para 4 personas:
Ingredientes
4 puerros grandes
2 patatas medianas
2 zanahorias
Un trozo de calabaza (unos 300 g aproximadamente)
2 dientes de ajo
2 cucharadas de aceite de oliva virgen extra
Agua
Sal al gusto
1 cola o trozo de bacalao seco para dar sabor
Preparación
Lava bien todas las verduras.
Corta los puerros en rodajas, las zanahorias en trozos, la calabaza en dados y las patatas chascadas para que suelten mejor el almidón durante la cocción.
Pon una cazuela al fuego con abundante agua y llévala a ebullición.
Añade los puerros, las patatas, la zanahoria, la calabaza, los ajos enteros y el aceite de oliva.
Cocina a fuego fuerte hasta que el caldo vuelva a hervir y las verduras comiencen a ablandarse.
Cuando empiece a tomar color y las verduras estén prácticamente cocidas, baja el fuego y deja que se cocine lentamente hasta que todos los ingredientes estén tiernos.
En el último hervor añade la cola de bacalao seco. De esta forma soltará su sabor en el caldo sin llegar a dominar el plato.
Rectifica de sal si fuera necesario y sirve bien caliente.
Si os gusta una textura más espesa, podéis aplastar ligeramente algunas patatas antes de servir.
Al día siguiente suele estar incluso más rica, cuando los sabores se han asentado.
El puerro era un alimento barato, resistente al frío y muy común en los huertos europeos. Por eso aparecen platos parecidos en lugares muy alejados entre sí. Algunas recetas muy parecidas del mismo plato son:
En Francia existe el Potage Parmentier, una sopa tradicional de puerro y patata considerada uno de los antecedentes de la famosa vichyssoise.
La Vichyssoise francesa comparte prácticamente los mismos ingredientes (puerro, patata y cebolla), aunque se tritura, lleva nata y suele servirse fría.
En Gales se prepara el Cawl Cennin, una sopa o potaje tradicional de puerros que ya aparece documentada a finales del siglo XVIII.
En Escocia existe el Scotch Leek Soup y también el famoso Cock-a-Leekie Soup, donde el puerro es uno de los ingredientes principales.
En Alemania se encuentran diversas versiones de Lauchsuppe (sopa de puerros), muy populares en la cocina doméstica.
En Italia ya se mencionaba en el siglo XVIII una sopa llamada Porrata, elaborada a base de puerros.
Menorca era una de esas islas que teníamos pendientes desde hacía tiempo y decidimos conocerla en enero, lejos del bullicio del verano. Viajar fuera de temporada tiene sus ventajas: pudimos recorrer calas, pueblos y monumentos con total tranquilidad, sin aglomeraciones y disfrutando de cada rincón a nuestro ritmo.
Eso sí, también hay que tener en cuenta la otra cara de la moneda. Menorca vive en gran parte del turismo, por lo que en invierno es habitual encontrar muchos hoteles, restaurantes y establecimientos cerrados.
Incluso algunas zonas turísticas parecen auténticos pueblos fantasma. Aun así, para nosotros compensó con creces poder descubrir la isla con tanta calma.
Como ya es habitual en nuestros viajes, recorrimos la isla por libre alquilando un coche.
Nos alojamos en Mahón, una ubicación perfecta para movernos cómodamente por toda Menorca y visitar sus principales atractivos.
Os doy un poco de información introductoria, desde 1993, Menorca está declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO gracias al excelente estado de conservación de su patrimonio natural.
Además, recientemente ha sido reconocida también como la mayor Reserva Marina de la Biosfera del Mediterráneo, un reflejo de la riqueza de sus ecosistemas.
Uno de los grandes protagonistas de la isla es el Camí de Cavalls, un sendero histórico de 185 kilómetros que rodea toda Menorca. Antiguamente servía para vigilar y defender la costa, mientras que hoy permite acceder a muchas de sus calas, atravesando acantilados, barrancos, bosques, humedales y algunos de los paisajes más bonitos de la isla. Está dividido en veinte etapas y forma parte de la red europea de senderos de Gran Recorrido (GR-223).
En esta entrada os voy a enseñar los lugares que visitamos durante nuestro viaje, aquellos que más nos gustaron y que, sin duda, volveríamos a recorrer.
Mahón (Maó)
Elegimos Mahón como base durante nuestra estancia y fue todo un acierto. Su ubicación permite llegar fácilmente a cualquier punto de la isla y, además, cuenta con uno de los puertos naturales más grandes del mundo, con unos cinco kilómetros de longitud.
Nos alojamos en el hotel Catalonia Mirador des Port, situado sobre el puerto, una zona muy tranquila y con unas vistas magníficas.
Mahón puede recorrerse perfectamente en un día.
Mi consejo es sencillo: callejear. Sus plazas, calles y rincones tienen mucho encanto y merece la pena descubrirlos sin un itinerario demasiado marcado.
En cuanto a la gastronomía, os recomiendo Can Xavi, un restaurante de cocina familiar muy popular donde es mejor reservar con antelación.
Si viajáis fuera de temporada, también merece la pena echar un vistazo a los restaurantes del puerto. Nosotros comimos en Muelle Asador, un local pequeño y acogedor que nos gustó mucho.
Aunque Mahón nos encantó, si tengo que elegir una de las dos grandes ciudades de Menorca, reconozco que Ciudadela me pareció aún más bonita. Pero, como siempre digo… para gustos, colores.
Binibèquer Vell
Binibèquer Vell es uno de los lugares más fotografiados de Menorca. Aunque muchos piensan que se trata de un antiguo pueblo de pescadores, en realidad fue construido en 1972 imitando la arquitectura tradicional mediterránea.
Nosotros lo visitamos en enero y la sensación fue curiosa.
Sus calles completamente blancas, estrechas y silenciosas, junto con todos los comercios cerrados, daban la impresión de estar paseando por un pueblo completamente deshabitado.
Para llegar, lo más sencillo es dirigirse hasta Sant Lluís y seguir las indicaciones hacia Binibèquer Vell.
Importante: desde el 1 de mayo de 2023 las visitas al poblado están reguladas y únicamente puede accederse entre las 10:00 y las 22:00 horas, una medida pensada para favorecer la convivencia con los vecinos.
Castillo de San Felipe
Situado en la entrada sur del puerto de Mahón, el Castillo de San Felipe fue construido a mediados del siglo XVI para proteger uno de los puertos naturales más importantes del Mediterráneo.
Aunque gran parte de la fortaleza desapareció con el paso del tiempo, todavía pueden visitarse sus impresionantes galerías subterráneas y conocer mejor la importancia estratégica que tuvo Menorca durante siglos.
Fortaleza de La Mola (Fortaleza de Isabel II)
Muy cerca del Castillo de San Felipe se encuentra otra de las visitas imprescindibles de Menorca: la Fortaleza de La Mola, también conocida como Fortaleza de Isabel II.
Fue construida entre 1848 y 1875 por orden de la reina Isabel II para proteger el puerto de Mahón frente a posibles invasiones, especialmente británicas, tras la demolición del antiguo Castillo de San Felipe.
Es una visita que recomiendo especialmente si os gusta la historia militar. Sus murallas, túneles y baterías permiten hacerse una buena idea de la importancia defensiva que tuvo la isla durante siglos.
Alaior
Nuestra siguiente parada fue Alaior, considerada la tercera localidad más importante de Menorca, después de Mahón y Ciudadela. Fundada en 1304, se encuentra a los pies del Monte Toro, por lo que gran parte del casco urbano está en pendiente.
Es un pueblo tranquilo, perfecto para pasear sin prisas y descubrir la Menorca más auténtica.
Aunque no suele aparecer entre los lugares imprescindibles de la isla, merece la pena dedicarle un rato si os gusta recorrer los pueblos con calma.
Cala Galdana
Cala Galdana es una de las playas más conocidas y fotografiadas de Menorca. Su forma de concha, sus aguas normalmente de color turquesa y el entorno que la rodea la convierten en uno de los grandes iconos de la isla.
Nosotros no tuvimos demasiada suerte.
Había llovido y hecho temporal el día anterior, así que, en lugar del característico color azul turquesa, nos encontramos el agua completamente marrón. Son esas cosas que tiene viajar y que no siempre aparecen en las fotografías.
Está rodeada de hoteles y es una de las zonas preferidas por el turismo familiar. Se encuentra a unos 23 kilómetros de Ciudadela y a 36 de Mahón, por lo que se llega fácilmente desde cualquiera de las dos ciudades.
La playa se forma en la desembocadura de los torrentes Algendar y Algendaret, creando una pequeña zona húmeda que hoy se utiliza como embarcadero.
Poblado talayótico de Torre d’en Galmés
Si os interesa la arqueología, este fue uno de los lugares que más disfrutamos.
Torre d’en Galmés es el mayor poblado talayótico de Menorca y uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de Baleares.
Sus más de 66.000 metros cuadrados permiten hacerse una idea de cómo vivían los antiguos habitantes de la isla hace miles de años.
El asentamiento estuvo ocupado desde el periodo naviforme (1700-1400 a. C.) hasta la época romana tardía, e incluso se han encontrado restos de época islámica. Pasear entre sus construcciones de piedra resulta realmente impresionante.
Los talayots, que dan nombre a esta cultura, son construcciones prehistóricas de piedra con aspecto de torre y constituyen uno de los símbolos del patrimonio histórico de Menorca.
Poblado talayótico de Talatí de Dalt
Muy cerca de Mahón se encuentra otro de los grandes yacimientos arqueológicos de la isla: Talatí de Dalt. Aunque es de menor tamaño que Torre d’en Galmés, conserva una de las taulas más conocidas de Menorca.
El poblado está datado entre los años 650 y 123 a. C. y es de propiedad privada.
La visita permite recorrer los restos de viviendas, salas hipóstilas y otras construcciones que ayudan a comprender cómo era la vida en la Menorca prehistórica.
Aunque no seáis grandes aficionados a la arqueología, creo que merece la pena incluirlo en la ruta, especialmente si vais a visitar otros poblados talayóticos.
Necrópolis de Cala Morell
Uno de los lugares que más me sorprendió fue la Necrópolis de Cala Morell.
Se encuentra junto a un pequeño puerto natural de la costa norte de Ciudadela y alberga uno de los cementerios prehistóricos más espectaculares de Menorca.
Está formado por catorce cuevas excavadas artificialmente en la roca que imitaban las viviendas de la época postalayótica.
Nosotros la visitamos por libre y fue una experiencia muy recomendable.
Poder recorrer este lugar con tranquilidad hace que sea mucho más fácil imaginar cómo vivían —y cómo enterraban a sus difuntos— los antiguos habitantes de la isla.
Además, cuenta con aparcamiento y el acceso resulta muy cómodo.
Talayot de Torelló
Terminamos esta parte de la ruta visitando el Talayot de Torelló, uno de los talayots más grandes de Menorca.
Su origen se sitúa entre los años 1000 y 700 a. C. y aún hoy conserva gran parte de su estructura. Se encuentra junto a la carretera entre Mahón y San Clemente, dispone de aparcamiento y pertenece a una finca privada.
Es una parada rápida, pero muy interesante para completar el recorrido por la Menorca talayótica y comprender la importancia que tuvo esta cultura en la historia de la isla.
Ciudadela
Si Mahón nos gustó, Ciudadela terminó conquistándonos.
Para mí, tiene un encanto especial. Sus calles de piedra, sus plazas y su ambiente hacen que sea una ciudad para recorrer sin prisas.
Tuvimos la suerte de visitarla con muy buen tiempo, así que pudimos disfrutar de un agradable paseo por su pequeño puerto pesquero, rodeado de restaurantes.
Como viajamos en enero, la mayoría estaban cerrados, algo habitual fuera de la temporada turística.
Ciudadela fue la antigua capital de Menorca y conserva un importante patrimonio histórico. Si tenéis ocasión, os recomiendo perderos por su casco antiguo y descubrir sus rincones sin mirar demasiado el reloj.
Sus fiestas patronales, dedicadas a Sant Joan, se celebran durante la semana de San Juan y son unas de las más conocidas de Baleares.
Su origen se remonta al siglo XIV y en ellas participan distintos estamentos tradicionales de la sociedad menorquina: la nobleza, el clero, los campesinos y los artesanos, todos representados por los conocidos caixers.
Si algún día volvemos en verano, me gustaría coincidir con estas fiestas, que dicen que son todo un espectáculo.
Naveta des Tudons
Uno de los monumentos más conocidos de Menorca es la Naveta des Tudons, una construcción funeraria del siglo IX a. C. considerada una de las mejor conservadas de Europa.
Su forma recuerda a una embarcación invertida, de ahí el nombre de «naveta». Aunque actualmente no está permitido entrar ni subir a ella para garantizar su conservación, merece la pena acercarse y contemplarla de cerca.
Como nosotros viajamos en enero, no había control de acceso y pudimos visitarla tranquilamente, disfrutando del lugar sin apenas gente.
Es una visita rápida, pero imprescindible para conocer el importante legado prehistórico que conserva Menorca.
Monte Toro
Con sus 358 metros de altura, el Monte Toro es el punto más elevado de Menorca y uno de los mejores miradores de toda la isla.
Nosotros subimos en coche desde Es Mercadal, un trayecto de apenas cinco minutos. Eso sí, preparaos porque arriba suele hacer bastante viento.
En la cima se encuentra el Santuario de la Virgen del Toro, construido sobre una antigua iglesia gótica. La entrada es gratuita y actualmente está gestionado por una comunidad de monjas franciscanas.
Si el día está despejado, desde allí se puede contemplar prácticamente toda Menorca e incluso llegar a divisar Mallorca en el horizonte.
Es uno de esos lugares donde merece la pena detenerse unos minutos para disfrutar de las vistas antes de continuar la ruta.
Es Mercadal
Después de bajar del Monte Toro llegamos a Es Mercadal, un pueblo tranquilo cuyo origen se remonta al siglo XIII.
Nosotros aprovechamos para pasear por sus calles y visitar el mercado. Es una localidad agradable para hacer una pausa durante el recorrido por la isla.
Uno de los lugares que más me llamó la atención fue El Aljibe, una enorme infraestructura construida para recoger y almacenar agua de lluvia.
Fue mandado construir por el gobernador británico Richard Kane con el fin de abastecer tanto a sus tropas como a la población local. Tiene capacidad para almacenar 273.000 litros de agua, una cifra que impresiona cuando lo ves en persona.
En Es Mercadal también se celebra uno de los mercados semanales más tradicionales de Menorca, todos los jueves durante todo el año.
En verano tiene lugar por la tarde y la noche, mientras que el resto del año se celebra por la mañana.
Sus fiestas patronales están dedicadas a San Martín y tienen como protagonistas a los caballos y los famosos jaleos, una tradición medieval en la que jinetes y caballos recorren las calles engalanados al ritmo de la música.
Faro de Cavallería
El Faro de Cavallería se encuentra en el punto más septentrional de Menorca y fue uno de los lugares que más nos impresionó por el paisaje que lo rodea.
Los acantilados, de más de quince metros de altura, ofrecen unas vistas espectaculares del Mediterráneo. Llegar hasta él requiere recorrer una estrecha carretera de montaña, por lo que lo más cómodo es hacerlo en coche.
Aunque la mayoría de los visitantes se acercan durante el día, también es un lugar muy popular para contemplar la puesta de sol. Nosotros lo visitamos con tranquilidad y disfrutamos muchísimo del entorno.
Muy cerca del faro vimos algo que, por desgracia, cada vez es más habitual: montones de piedras apiladas formando pequeñas «esculturas».
En Menorca nos dijeron que era una tradición y que, si hacías una, volverías algún día a la isla.
Sinceramente, no me lo creo. Creo que es una costumbre que se ha extendido entre los turistas y que termina alterando el paisaje natural.
Personalmente, prefiero llevarme el recuerdo en fotografías y dejar el entorno tal y como lo encontré.
Fornells
Fornells fue una de las localidades que más visitamos durante el viaje. Al ir en enero encontramos muy pocos restaurantes abiertos y acabamos comiendo allí en varias ocasiones.
Si os gusta el pescado, os recomiendo el restaurante Es Port, situado junto al puerto. Nosotros comimos muy bien y repetimos varios días.
El pueblo tiene una bahía preciosa de aguas tranquilas y es perfecto para pasear sin prisas.
Además, podéis acercaros a la pequeña Ermita de Lourdes, excavada en la roca, visitar la Torre de Fornells, convertida en museo, o conocer los restos del Castillo de San Antonio, que protegía la entrada a la bahía.
Es uno de esos lugares donde apetece sentarse un rato frente al mar y disfrutar del ambiente.
Cala Pregonda
Cala Pregonda es una de las playas más singulares de Menorca. Situada en la costa norte, está rodeada por un entorno protegido y conserva un aspecto prácticamente virgen.
La cala está formada por tres pequeñas playas y destaca por el color rojizo de su arena, muy diferente al de otras playas de la isla.
Si buscáis tranquilidad y naturaleza, creo que merece mucho la pena acercarse hasta aquí.
Cabo de Favàritx
Otro de los lugares imprescindibles de Menorca es el Cabo de Favàritx.
Su paisaje es completamente distinto al resto de la isla. Los tonos grises de la pizarra, el viento constante y los acantilados crean un entorno casi lunar que sorprende desde el primer momento.
Llegar es muy sencillo desde Mahón siguiendo la carretera en dirección a Fornells y tomando el desvío señalizado hacia el faro. Si venís desde Ciudadela también hay varias opciones, aunque algunas recorren carreteras secundarias.
Junto al faro se encuentra una pequeña laguna temporal llamada Cós des Síndic, protegida para evitar que los vehículos circulen sobre ella cuando permanece seca. Muy cerca también están las calas Presili y Tortuga, además de uno de los tramos del Camí de Cavalls.
Existe una curiosa leyenda que dice que caminar sobre los charcos que se forman durante las noches de luna llena trae energía, fuerza y fertilidad.
Yo, sinceramente, prefiero disfrutar del paisaje durante el día. Bastante impresionante es ya el lugar como para necesitar una leyenda más. 😄
Arenal de Sa Mesquida
Visitamos Sa Mesquida al atardecer y fue un broche perfecto para terminar el día.
Esta playa, con forma de concha, está situada en un entorno muy apreciado por los aficionados al submarinismo gracias a la riqueza de sus fondos marinos.
Nosotros simplemente nos sentamos un rato a contemplar el paisaje mientras caía el sol. Fue uno de esos momentos sencillos que hacen especial cualquier viaje.
Arenal d’es Castell
Nuestra última parada fue Arenal d’es Castell, una playa semiurbana muy popular entre las familias.
A diferencia de otras calas más salvajes de Menorca, aquí encontraréis todos los servicios necesarios y un acceso muy cómodo. Sus aguas tranquilas y su amplia bahía la convierten en una buena opción para pasar unas horas de playa si viajáis con niños o simplemente buscáis un lugar donde relajaros sin complicaciones.
Conclusión
Menorca nos conquistó por su naturaleza, su historia y la tranquilidad con la que pudimos recorrerla en invierno. Es cierto que viajar en temporada baja implica encontrar algunos establecimientos cerrados, pero también permite disfrutar de la isla de una forma muy diferente, sin prisas y con una calma que en verano sería difícil encontrar.
Si tuviera que quedarme con algunos lugares de este viaje, elegiría Ciudadela, el Faro de Cavallería, Monte Toro y el paisaje del Cabo de Favàritx. Pero, en realidad, creo que lo mejor de Menorca es recorrerla sin un plan demasiado rígido y dejarse sorprender por cada rincón.