Esta vez tocó algo muy especial: Azurmendi, el restaurante de tres estrellas Michelin de Eneko Atxa.
Y puedo decirlo de primera mano: las tres estrellas me parecieron muy, muy merecidas.
Fue una de esas experiencias que permanecen en la memoria mucho tiempo después de haber terminado.
No solamente por la comida, sino por todo lo que rodea a cada plato. Es un auténtico paseo gastronómico en el que los cinco sentidos están continuamente estimulados.
Eso sí, hay que tener en cuenta que estamos hablando de una experiencia gastronómica de alta cocina y, evidentemente, no es un restaurante para todos los bolsillos.
Pero si alguna vez os apetece daros un homenaje muy especial, creo que merece la pena conocerlo.
En nuestro caso, además, tenía un significado especial: lo reservé como cena para celebrar el cumpleaños de mi marido.
¿Dónde está Azurmendi?
Azurmendi se encuentra en Larrabetzu, Bizkaia, en el barrio de Legina, a pocos kilómetros de Bilbao y cerca del aeropuerto.
El restaurante está integrado en una ladera rodeada de naturaleza y viñedos. Para llegar hay que tener en cuenta que el último tramo de carretera es bastante empinado. Cuando hice nuestra reserva incluso me facilitaron las coordenadas GPS para llegar sin problemas.
Nosotros fuimos con nuestro propio coche, aunque muchos de los comensales optan por acudir en taxi, algo que puede resultar bastante cómodo si se quiere acompañar la cena con un buen maridaje.
Actualmente el propio restaurante indica como acceso la salida 25 del Corredor del Txorierri, en dirección al aeropuerto de Bilbao.
Un edificio pensado para integrarse con la naturaleza
Antes incluso de empezar a comer, Azurmendi ya resulta llamativo.
El restaurante ocupa un espectacular edificio bioclimático en el que se combinan madera, piedra y grandes superficies acristaladas. La arquitectura busca precisamente difuminar la frontera entre el interior y el entorno natural.
Y aquí la sostenibilidad no es simplemente una palabra bonita utilizada como reclamo.
El edificio fue concebido desde el principio teniendo en cuenta criterios de eficiencia y aprovechamiento de recursos. Por ejemplo, se reutiliza el agua de lluvia para la huerta, los invernaderos y los inodoros; se aprovecha la luz solar para reducir el consumo de iluminación artificial y se generan energías renovables para cubrir parte de las necesidades del restaurante.
Además, parte de las verduras y especias utilizadas en la cocina proceden de sus propios cultivos y se han plantado cientos de árboles para contribuir a reducir la huella de CO₂.
De hecho, Azurmendi fue reconocido por The World’s 50 Best Restaurants como el restaurante más sostenible del mundo en 2018, después de haber obtenido anteriormente una puntuación muy elevada en esta categoría.
Y todo esto se entiende mucho mejor cuando recorres el restaurante.
El comienzo del paseo gastronómico
Cuando llegamos, una persona nos recibió y nos acompañó a una sala que, por momentos, parecía más un jardín que la entrada de un restaurante convencional.
Y ahí comenzó nuestro particular “paseo gastronómico”.
Cuando nosotros estuvimos, la experiencia estaba dividida en diferentes espacios y etapas, cada una con una personalidad propia. Los conceptos y platos del menú han ido cambiando con los años —algo lógico en un restaurante de este nivel—, pero la filosofía de convertir la comida en una experiencia sigue formando parte de la identidad de Azurmendi.
1. El picnic de bienvenida
La primera sorpresa fue el llamado Picnic de Bienvenida.
Nos presentaron una cesta con diferentes pequeños bocados de sabores muy intensos, acompañados de txakoli.
Era solamente el comienzo y ya te dabas cuenta de que aquello no iba a ser simplemente sentarse a una mesa, pedir y comer.
Aquí empezaba el viaje.
2. La cocina
Después llegó uno de los momentos que más recuerdo.
Un “Kaixo” nos recibió al entrar en la cocina.
Y de repente te encontrabas delante de un grupo de aproximadamente treinta cocineros, jóvenes, sonrientes y completamente concentrados en su trabajo.
Me impresionó especialmente el orden.
Recuerdo los fogones impecables, cada cosa perfectamente colocada en su sitio y, al fondo, Eneko Atxa.
Los platos se elaboraban y se terminaban delante de nosotros, pudiendo observar parte del proceso antes de degustarlos.
Y había algo que me llamó mucho la atención: la sensación de que todo estaba perfectamente controlado, pero sin que aquello pareciera una cadena de montaje.
En la cocina de Azurmendi la técnica está muy presente, pero también existe una enorme atención al producto y a la tradición vasca. Esa combinación entre raíces y vanguardia es precisamente una de las señas de identidad de la cocina de Eneko Atxa.
3. El invernadero
La siguiente parada fue el invernadero.
En nuestro caso, el recorrido se convirtió en un pequeño viaje por las cuatro estaciones del año, con diferentes aperitivos elaborados a partir de frutas, verduras y especias que nos iban sorprendiendo tanto por sus sabores como por su presentación.
Y aquí entendí mucho mejor la relación entre el restaurante y su entorno.
No era simplemente decoración.
La huerta y los invernaderos forman parte del propio proyecto gastronómico y sostenible de Azurmendi, que produce allí parte de las hortalizas y especias que después llegan a la cocina.
4. El restaurante
Finalmente llegamos al comedor.
Una sala amplia, elegante y luminosa, con grandes ventanales hacia el exterior.
En aquel momento teníamos dos menús para elegir y nosotros decidimos probar uno diferente cada uno. Actualmente la propuesta gastronómica ha evolucionado y los menús pueden cambiar, algo que conviene tener presente si vais a visitarlo: la propia web avisa de que pueden producirse modificaciones de última hora.
Y aquí empezó la parte más larga del viaje.
Porque cuando hablamos de alta cocina solemos pensar en platos pequeños y precios elevados, pero a veces se nos olvida una cosa: pequeño no significa poco.
En nuestra experiencia llegamos a probar alrededor de treinta elaboraciones.
Sí, habéis leído bien: ¡unas treinta!
Por eso podéis pasar perfectamente tres horas comiendo.
Las cantidades individuales son pequeñas, pero cada bocado está pensado para concentrar muchísimo sabor.
Y precisamente por eso creo que es importante dejarse aconsejar.
El personal de sala nos explicaba qué era cada elaboración y, en algunos casos, cuál era la mejor manera o el momento adecuado para comerla.
Mi consejo es que sigáis sus indicaciones.
Ellos saben perfectamente qué quieren transmitir con cada plato.
Sabores muy intensos
La cocina de Azurmendi no es precisamente una cocina de sabores tímidos.
Hay elaboraciones muy intensas y combinaciones que pueden resultar completamente nuevas para alguien que no esté acostumbrado a este tipo de gastronomía.
En mi caso hubo un plato que no me gustó especialmente: uno de los que llevaba erizo de mar.
Pero eso también forma parte de la experiencia.
No todo tiene que gustarte.
De hecho, creo que una de las cosas bonitas de probar una cocina tan diferente es precisamente descubrir sabores que nunca habías imaginado y comprobar cuáles funcionan contigo y cuáles no.
Y llegaron los postres…
Los postres fueron otra historia.
Tanto los de cuchara como los pequeños bombones y dulces que llegaron después me parecieron deliciosos y, comparados con algunos de los platos anteriores, bastante más suaves.
Me sorprendieron especialmente las combinaciones de gominolas, chocolates, especias y otros ingredientes poco habituales.
Recuerdo incluso alguna elaboración relacionada con el vino tinto.
Y después llegó la infusión.
Yo no soy demasiado de café, así que escogí una infusión y me encantó.
Tanto, que estuve a punto de pedirles la receta.
Todavía me acuerdo de ella.
Un servicio impecable… quizá demasiado para mí
Tengo que reconocer una cosa: el servicio fue excepcional.
El personal de sala estaba pendiente absolutamente de todo.
Recuerdo que cuando quise ir al baño, una persona me acompañó prácticamente hasta la propia puerta. Cuando regresé, otra persona me abrió la puerta para volver al comedor.
También recuerdo que había un pequeño puf donde podías dejar el bolso.
Y siempre me servían a mí primero.
En aquel momento todo aquello me resultaba un poco extraño.
No estoy acostumbrada a que me cuiden tanto.
Pero precisamente ese nivel de atención es parte de la experiencia de un restaurante de esta categoría.
No se trata simplemente de servir comida: se intenta cuidar al comensal durante todo el recorrido.
La visita de Eneko Atxa
Durante la cena tuvimos además la oportunidad de que Eneko Atxa se acercara a nuestra mesa.
Mi impresión personal fue la de una persona muy trabajadora, humilde y cercana.
Se interesó por saber qué nos había parecido la comida y agradeció que hubiéramos elegido su restaurante para celebrar una ocasión tan especial.
Y ese pequeño gesto hizo que la experiencia resultara todavía más personal.
Porque detrás de todo aquel despliegue de técnica, organización y sofisticación seguía estando la persona que había creado aquella experiencia.
Tres horas que pasan volando
Con tantos platos, podríais pensar que una cena de tres horas se hace eterna.
Todo lo contrario.
Entre los diferentes espacios, las explicaciones, los platos, las conversaciones y las pequeñas sorpresas, el tiempo pasa volando.
La música ambiental era muy suave y nosotros tuvimos además la suerte de ocupar una mesa junto al gran ventanal.
Desde allí podíamos ver el exterior iluminado por las luces de las pocas casas que rodean la zona y por los coches que circulaban por la carretera.
Un ambiente tranquilo, casi mágico.
Y después de varias horas, llegó el momento de terminar nuestro paseo gastronómico.
El centro de sostenibilidad
Pero la experiencia todavía no había acabado.
Una vez finalizada la cena pudimos visitar la parte superior del edificio, donde se encuentran espacios relacionados con la huerta, los invernaderos y el proyecto de sostenibilidad.
La visita se podía hacer de manera libre y gratuita en nuestra experiencia.
Allí pudimos entender mucho mejor cómo funciona todo el proyecto y por qué la sostenibilidad ocupa un lugar tan importante en Azurmendi.
El restaurante utiliza el agua de lluvia, aprovecha la luz solar, genera parte de su energía mediante fuentes renovables y cultiva parte de los productos que utiliza en su cocina.
Las explicaciones estaban disponibles en castellano, euskera e inglés.
Y para mí fue un broche perfecto, porque después de haber visto el resultado en el plato, podíamos conocer también una parte del trabajo que hay detrás.
Un poco de historia de Azurmendi
Azurmendi abrió sus puertas en 2005 y la primera estrella Michelin llegó en 2007.
En 2010 consiguió la segunda y, en 2012, llegó la tercera estrella Michelin, coincidiendo además con la inauguración del actual edificio bioclimático.
Desde entonces, el restaurante ha mantenido las tres estrellas y ha recibido numerosos reconocimientos relacionados tanto con su gastronomía como con su compromiso medioambiental. En 2022, por ejemplo, celebró diez años consecutivos conservando las tres estrellas Michelin.
Por tanto, cuando hablamos de Azurmendi no estamos hablando solamente de un restaurante de alta cocina, sino de un proyecto gastronómico que lleva años intentando unir territorio, tradición, innovación y sostenibilidad.
Y creo que después de haber estado allí se entiende mucho mejor.
ENEKO, otra propuesta de Eneko Atxa
Y si el precio de Azurmendi se os escapa un poco del presupuesto —algo completamente comprensible—, hay otra opción justo en el mismo entorno.
Bajando la cuesta se encuentra ENEKO Larrabetzu, también de Eneko Atxa.
Es una propuesta diferente y más informal, basada en la cocina vasca tradicional y en el concepto Sutan, que significa “a fuego” en euskera.
Aquí la cocina se realiza delante del comensal y la propuesta busca recuperar sabores, productos y tradiciones de la cocina vasca desde una perspectiva contemporánea.
Además, ENEKO cuenta actualmente con una estrella Michelin.
Los dos espacios están conectados por unas escaleras y un viñedo, por lo que resulta muy fácil combinar la visita si os interesa conocer las diferentes propuestas de Eneko Atxa.
Y debajo está la bodega Gorka Izagirre
Justo en este conjunto gastronómico se encuentra también la Bodega Gorka Izagirre, especializada en txakoli de Bizkaia.
La bodega nació en 2005 con el objetivo de contribuir a la recuperación, evolución y difusión del txakoli de Bizkaia y trabaja con variedades autóctonas como Hondarrabi Zuri, Hondarrabi Zerratia y Hondarrabi Beltza.
Actualmente ofrecen visitas y experiencias de enoturismo.
Una de ellas es la Experiencia Hamaiketako, que incluye una visita y una cata de cuatro vinos acompañada de queso Idiazábal, jamón y una gilda. Actualmente tiene un precio de 30 € por persona y se realiza a las 11:00 h, de lunes a domingo, previa reserva.
Así que, si os gusta el mundo del vino y especialmente el txakoli, puede ser otro complemento interesante para una escapada gastronómica por esta zona.
Mi opinión
¿Volvería?
Sí.
¿Me gustó todo?
No. Y creo que es importante decirlo.
Hubo sabores que no fueron para mí, como el plato de erizo de mar que recuerdo especialmente. Pero una experiencia gastronómica de este nivel no consiste únicamente en que absolutamente todo te guste.
Consiste en descubrir.
En sorprenderte.
En probar ingredientes y combinaciones que probablemente nunca pedirías en un restaurante convencional.
Y, sobre todo, en vivir algo diferente.
Para mí, Azurmendi fue mucho más que una cena de cumpleaños.
Fue una experiencia que empezó desde el momento en que recibimos las indicaciones para llegar y terminó varias horas después, cuando salimos del restaurante después de recorrer sus diferentes espacios.
Tres estrellas Michelin que, en mi opinión, están más que merecidas.
Y aunque no sea un lugar para visitar todos los fines de semana —ni mucho menos para todos los bolsillos—, sí me parece uno de esos sitios que merece la pena guardar en la lista de experiencias especiales.
Porque hay restaurantes a los que vas a comer.
Y hay otros que, cuando sales por la puerta, te das cuenta de que has ido a vivir una experiencia.
Azurmendi pertenece a los segundos.
Información práctica
Azurmendi* Barrio Legina s/n 48195 Larrabetzu, Bizkaia
Actualmente abre de martes a sábado al mediodía, y viernes y sábado también para la cena. El restaurante recomienda reservar previamente. Los horarios y menús pueden variar, por lo que es conveniente comprobar la información antes de acudir.
Bilbao es una de esas ciudades que, cuanto más conoces, más cosas descubres.
Popularmente se la conoce como el Botxo o incluso Botxito, haciendo referencia a ese “agujero” donde se encuentra la ciudad, rodeada de montañas.
Es la capital de Bizkaia, una de las tres provincias que forman Euskadi, y aunque la capital administrativa del País Vasco es Vitoria-Gasteiz, Bilbao es probablemente la ciudad vasca con mayor proyección internacional, junto con Donostia-San Sebastián.
La villa de Bilbao nació oficialmente en 1300 y durante muchísimo tiempo su economía estuvo ligada a la industria, al comercio y, sobre todo, a la actividad de la ría.
Hoy Bilbao ha cambiado muchísimo.
La antigua ciudad industrial se ha transformado en una ciudad moderna, cultural y turística, pero sin perder del todo ese carácter tan bilbaíno que, en mi opinión, es precisamente uno de sus mayores encantos.
Y aunque mucha gente llega a Bilbao para hacerse la foto delante del famoso Museo Guggenheim, os aseguro que Bilbao es muchísimo más.
Los bilbaínos lo llamamos cariñosamente “Guggy”.
Y tenemos una broma muy nuestra:
el Guggenheim es la caseta del perro.
Porque delante del museo está Puppy, el enorme perro floral creado por Jeff Koons.
Y claro… si tenemos un perro de semejante tamaño, la caseta también tiene que estar a la altura. 😉
Los bilbaínos tenemos fama de hacer las cosas “a lo grande”.
Y algo de razón hay.
Bilbao, una ciudad para vivirla
Bilbao no es solamente una ciudad para visitar monumentos.
Es una ciudad para pasearla, comerla y vivirla.
Una de las cosas que más me gustan es precisamente recorrer sus calles sin demasiada prisa.
Podemos empezar por el Guggenheim, caminar junto a la ría, cruzar el Zubizuri y continuar hacia el centro.
También podemos acercarnos al Casco Viejo, perderse por sus calles y terminar haciendo algo tan bilbaíno como…
potear.
Potear, txikitear y comer pintxos
Si hay una palabra que tenéis que aprender antes de visitar Bilbao es potear.
O txikitear.
Consiste básicamente en ir de bar en bar tomando algo, normalmente un pequeño vaso de vino conocido como txikito, acompañado de un pintxo.
Y aquí hago una aclaración:
un pintxo no es exactamente una tapa.
Aunque desde fuera puedan parecer conceptos similares, en Euskadi el pintxo tiene una enorme tradición gastronómica y muchos establecimientos han convertido estas pequeñas preparaciones en auténticas obras de arte.
Uno de los clásicos que yo asocio inmediatamente con Bilbao es la tortilla de patata con cebolla, que en algunos sitios puede llevar también pimiento verde.
Y después están los txikiteros.
Tradicionalmente se utilizaba este término para referirse a los grupos de bilbaínos que iban de bar en bar con su cuadrilla, aunque evidentemente hoy cualquiera puede disfrutar de esta tradición.
La fiesta de los Txikiteros
El 11 de octubre se celebra en el Casco Viejo de Bilbao la tradicional fiesta de los Txikiteros.
Uno de los puntos centrales se encuentra en el entorno de las calles Pelota, Perro y Andra Maria, frente al edificio de La Bolsa.
La celebración está vinculada a la devoción por la Amatxu de Begoña, la Virgen de Begoña, patrona de Bizkaia.
Uno de los momentos más emotivos es la interpretación de la Salve de los Txikiteros, cantada en euskera.
Es una de esas tradiciones que explican que Bilbao no sea únicamente arquitectura y museos.
También es costumbre.
Es calle.
Es cuadrilla.
Es gastronomía.
Y, por supuesto, es un txikito en la mano.
Los domingos: rabas
Otra tradición gastronómica muy bilbaína es salir los domingos a comer rabas, es decir, calamares rebozados.
Hay costumbres que no necesitan demasiada explicación.
Esta es una de ellas.
Un paseo, unas rabas, algo para beber y a seguir disfrutando del día.
El lado más dulce de Bilbao
Y después de tanto pintxo necesitamos algo dulce.
Bilbao tiene una repostería tradicional muy característica.
Entre mis favoritos están:
El bollo de mantequilla, parecido a un bollo suizo relleno de crema de mantequilla.
El pastel de arroz, que tiene un nombre un poco engañoso porque actualmente no lleva arroz. Se prepara con una base de hojaldre y un relleno elaborado principalmente con leche, harina, huevos y mantequilla.
La Carolina, uno de los dulces más reconocibles de Bilbao: una base de pastel de arroz coronada con merengue.
El ruso, un pastel de origen decimonónico elaborado con merengue y crema, normalmente presentado en capas y terminado con azúcar glas.
Y después tenemos la famosa baldosa de Bilbao, cuya forma reproduce las características baldosas de las aceras de la ciudad.
También encontramos los bilbaínitos, pequeños bombones que se han convertido en otro dulce típico.
Y últimamente se ha hecho muy popular el llamado “metrito de Bilbao”, una forma divertida de llevarse un pedacito dulce de la ciudad.
Arquitectura: Bilbao es mucho más que el Guggenheim
Si os gusta la arquitectura, como a mí, Bilbao es una auténtica maravilla.
Evidentemente hay que visitar el Guggenheim, diseñado por el arquitecto canadiense Frank O. Gehry.
Pero no os quedéis únicamente con él.
Tenemos el Zubizuri, el conocido como puente de Calatrava.
La Basílica de Begoña, donde se encuentra la Amatxu.
El Teatro Arriaga.
El Mercado de la Ribera.
La iglesia de San Antón, de origen medieval y situada junto al mercado.
Y, por supuesto, San Mamés, la Catedral del fútbol para los aficionados del Athletic Club.
Y si os fijáis en las entradas del metro encontraréis unas estructuras acristaladas muy características.
Son los famosos fosteritos, diseñados por el arquitecto Norman Foster.
Bilbao también se disfruta bajo la lluvia
Aquí os voy a dar un consejo bastante sencillo:
llevad paraguas.
Da igual la época del año.
En Bilbao puede llover.
Y cuando llueve suavemente durante bastante tiempo tenemos incluso una palabra para ello:
sirimiri.
Es esa lluvia fina que parece que no moja…
hasta que llevas un rato caminando. 😅
Y si entráis en un bar y pedís agua de Bilbao, no os traerán agua.
Os traerán cava.
Otra pequeña muestra del humor bilbaíno.
Open House Bilbao: una ciudad para mirar hacia arriba
Si os gusta la arquitectura, existe además una iniciativa que merece la pena conocer:
Open House Bilbao.
Durante su celebración se abren al público determinados edificios y espacios que normalmente no siempre son accesibles, con visitas y actividades relacionadas con la arquitectura de Bilbao y su entorno.
Es una oportunidad estupenda para descubrir otra cara de la ciudad.
Uno de los errores que cometemos los turistas —y digo turistas aunque sea nuestra propia tierra porque todos lo hacemos— es pensar que Bilbao termina cuando dejamos atrás el Guggenheim y el Casco Viejo.
Pero existe algo mucho más amplio:
el Gran Bilbao.
La ría del Nervión-Ibaizabal vertebra buena parte de este territorio y alrededor de ella encontramos localidades con historias y paisajes muy diferentes.
Podemos hablar, de manera general, de Bilbao, la Margen Izquierda y la Margen Derecha.
Y aquí empieza lo interesante.
La Margen Izquierda: la memoria industrial
La Margen Izquierda estuvo profundamente ligada a la industria, la minería, la siderurgia y la actividad portuaria.
Aquí encontramos localidades como Barakaldo, Portugalete y Santurtzi, entre otras.
Una de las visitas imprescindibles es el Puente Bizkaia, conocido popularmente como Puente Colgante, que une Portugalete y Getxo.
Es Patrimonio Mundial de la UNESCO y constituye uno de los grandes símbolos de la industrialización de la ría.
También merece la pena acercarse a Santurtzi para disfrutar de sus famosas sardinas asadas.
Porque si hablamos de comida, Bizkaia tampoco se queda corta.
La Margen Derecha: mar y acantilados
Al otro lado de la ría encontramos un paisaje bastante diferente.
Getxo, Sopela, Plentzia y Gorliz ofrecen playas, acantilados, paseos marítimos y un paisaje mucho más abierto hacia el Cantábrico.
Aquí cambia completamente la imagen que tenemos de Bilbao.
Y precisamente por eso me encanta.
Gorliz: un lugar muy especial para mí
Gorliz pertenece a la comarca de Uribe y es uno de esos pueblos que combinan la tranquilidad del Cantábrico con ese verde tan característico del paisaje vasco.
Está a unos 25 kilómetros de Bilbao.
Pero para mí y mi familia es mucho más que un bonito pueblo costero.
Gorliz forma parte de nuestra historia personal.
Cuando era niña, ir a Gorliz con mis padres era un plan clásico.
Coche cargado.
Comida casera.
Mesa de picnic bajo los pinos.
Y después…
tarde de playa.
Con los años la tradición ha cambiado un poquito.
Ahora muchas veces cogemos el metro hasta Plentzia y desde allí caminamos hasta Gorliz por el precioso paseo junto al mar.
A veces también nos dedicamos simplemente a callejear, disfrutando de ese olor a mar que tiene el pueblo.
El Pinar de Gorliz
Una de las zonas que recuerdo especialmente es el Pinar de Gorliz, cerca de Urezarantza.
Es un área recreativa perfecta para descansar a la sombra.
Actualmente ya no cuenta con las antiguas parrillas, que fueron retiradas, pero conserva su encanto y dispone de zona infantil.
Es un lugar estupendo para hacer una pausa.
La playa de Gorliz
La playa tiene aproximadamente 842 metros de longitud y se encuentra dentro de una bahía con forma de concha.
Esta configuración ayuda a protegerla del oleaje más fuerte y hace que sea una playa muy familiar.
También es un buen lugar para quienes están empezando a practicar surf.
Y si vais caminando desde Plentzia, el paseo hasta Gorliz es una de esas excursiones sencillas que me parecen perfectas para pasar el día.
Subir al Faro de Gorliz
Otro paseo clásico es acercarse al Faro de Gorliz, situado sobre el cabo Bilbao.
El faro actual fue construido en 1990 y destaca por su ubicación elevada sobre los acantilados.
El nombre también tiene su pequeña historia: el topónimo “Cabo Villano” ya estaba utilizado por otro faro gallego, por lo que se adoptó el nombre de Cabo Bilbao.
En 2007, Correos dedicó un sello a este faro.
Pero más allá de la curiosidad, lo mejor es el paseo.
Las vistas hacia el Cantábrico son preciosas.
Los vestigios de la defensa costera
Gorliz también conserva restos de la antigua línea de defensa costera construida después de la Guerra Civil.
Podemos encontrar búnkeres, galerías y otras estructuras defensivas.
Es una parte de la historia menos conocida del municipio y que recuerda que estos paisajes aparentemente tranquilos también han sido escenario de acontecimientos mucho más duros.
Las dunas petrificadas de Astondo
Junto al Hospital de Gorliz, en Astondo, encontramos otro elemento de enorme interés:
las dunas petrificadas.
Son formaciones geológicas de miles de años de antigüedad y constituyen uno de los elementos naturales más singulares de la zona.
Además de su interés geológico, tienen importancia hidrogeológica porque están relacionadas con el acuífero que abastece al entorno del hospital.
El Sanatorio Marino de Gorliz
Y hablando del hospital, aquí encontramos otro capítulo fascinante de la historia local.
El Sanatorio Marino de Gorliz fue fundado en 1919 para tratar principalmente a niños afectados por tuberculosis ósea.
Su ubicación no fue casual.
El clima benigno, la orientación y las condiciones ambientales de Gorliz se consideraban beneficiosas para este tipo de tratamientos.
El edificio fue además pionero por su utilización del hormigón armado.
Actualmente forma parte de Osakidetza y continúa siendo uno de los edificios más emblemáticos de Gorliz.
Andramari: una parte de mi historia familiar
Y aquí tengo que hacer una parada especialmente personal.
En el barrio de Andramari tengo familia.
Durante muchos años, las celebraciones familiares pasaban por la Ermita de Andra Mari de Aguirre y de las Nieves.
Es una construcción religiosa de origen muy antiguo, vinculada tradicionalmente al siglo XI.
Pero hay una curiosidad que me encanta.
Antes de existir el faro actual, la ermita llegó a desempeñar una función de orientación para los barcos mediante hogueras.
Una especie de “faro” mucho más rudimentario.
En agosto se celebran las fiestas de Andramari y uno de los clásicos es el concurso de paellas.
Y aquí ya entramos en terreno peligroso…
porque en Euskadi una comida familiar puede acabar convirtiéndose fácilmente en competición gastronómica.
Gorliz también es familia y amigos
Tengo familiares y amigas vinculadas a Gorliz.
Algunas siguen yendo todos los años al camping.
Otras tienen allí su segunda residencia.
Y precisamente por eso, para mí Gorliz no es una visita turística más.
Es un lugar asociado a recuerdos.
A veranos.
A familia.
A comidas.
A playa.
A caminar.
Y a esa sensación tan difícil de explicar que producen los lugares que forman parte de nuestra vida.
Camping de Gorliz
Para quienes prefieran alojarse en la zona, el camping es otra posibilidad.
Dispone de parcelas para tiendas y caravanas y también de bungalows.
Su ubicación cercana a la playa permite combinar fácilmente alojamiento, mar y naturaleza.
En temporada alta es recomendable reservar con antelación, ya que la disponibilidad puede ser limitada.
Comer por Plentzia y Gorliz
Si vais en plan sencillo y mochilero, hay algunos sitios que pueden resultar prácticos.
Pollería Txori Ona, en Iturgitxi Kalea, es una opción para comprar pollo asado y comida preparada, además de bebidas y bocadillos.
Yo recuerdo especialmente el vegetal y el de pollo.
También está la Cervecería Kilimanjaro, un sitio muy conocido para hacer una parada después de caminar.
En Plentzia encontramos también Restaurante Puerto Plentzia, junto al puerto, donde podemos tomar algo y disfrutar de pintxos.
Y si sois aficionados a la cerveza artesana, podéis acercaros a Titoblas Brewing Co., en el polígono Sagastikoetxe.
Como siempre, comprobaría horarios y disponibilidad antes de desplazarme, especialmente fuera de temporada.
Y ahora nos vamos en dirección completamente distinta.
Hoy os escribo acerca de uno de los lugares más icónicos de las Encartaciones:
La Arboleda, conocida en euskera como Zugaztieta.
Cuando llegas puedes pensar que estás ante un pequeño pueblo de montaña rodeado de naturaleza.
Pero la realidad es mucho más interesante.
La Arboleda fue un pueblo minero.
Durante décadas se extrajo aquí mineral de hierro, y la actividad minera transformó por completo el paisaje y la vida de sus habitantes.
Las antiguas explotaciones son precisamente las que dieron lugar a los lagos que vemos actualmente.
Hoy la zona es un espacio de ocio y naturaleza, pero conserva la memoria de aquel pasado minero.
Los lagos mineros
Cuando las explotaciones quedaron abandonadas, las antiguas cavidades comenzaron a llenarse de agua.
Así aparecieron los diferentes pozos y lagos que actualmente encontramos en la zona.
Algunos de los más conocidos son:
Pozo Ostión
Pozo Blondis
Pozo Parkotxa
Pozo Granada
Pozo Balastera
Además encontramos otros pozos y pequeñas balsas.
El paisaje es realmente curioso.
Donde antes había minería hoy encontramos agua, árboles, senderos y zonas recreativas.
Eso sí:
no son lagos para bañarse.
Turismo Euskadi indica que estos antiguos embalses son aptos para determinadas actividades como la pesca, pero no recomienda el baño.
Así que mejor contemplarlos y respetar siempre las señales.
El Funicular de Larreineta
Una de las formas más bonitas de llegar es utilizando el Funicular de Larreineta.
Fue inaugurado en 1926 para comunicar el poblado minero con el valle.
Originalmente no transportaba solamente personas: también estaba preparado para transportar carga e incluso vehículos.
El trayecto actual dura aproximadamente diez minutos.
Y aquí tenemos una pequeña efeméride: en 2026 se celebra el centenario del Funicular de Larreineta. El Gobierno Vasco y Correos han organizado actos conmemorativos y se ha emitido un sello dedicado a estos cien años de historia.
La Arboleda cuenta con zonas recreativas, senderos y diferentes posibilidades para caminar.
También podemos acercarnos al Centro de Interpretación Ambiental Peñas Negras, donde se explica la historia minera y la transformación del paisaje.
Desde allí parten itinerarios señalizados para descubrir el entorno.
Y hay una cosa que para mí es casi obligatoria:
comer alubias.
Porque las famosas alubias de La Arboleda forman parte de la identidad gastronómica de la zona.
La explicación tiene todo el sentido.
Los trabajadores de las minas necesitaban comidas contundentes, económicas y que aportasen mucha energía.
Las alubias eran perfectas.
Con el tiempo, aquella comida de trabajadores se convirtió en uno de los platos más representativos de La Arboleda.
Así que si subís…
unas alubias.
No digo más.
Nosotros en La Arboleda
Nosotros solemos subir temprano, especialmente cuando vamos con los perros.
Nos gusta caminar tranquilamente y disfrutar del silencio.
A veces nos encontramos vacas, caballos o perros que acompañan al ganado.
Es importante recordar que estamos en un entorno rural y mantener a nuestros perros controlados y respetar siempre a los animales.
Lo bonito es observar.
No molestar.
Restaurantes que recomiendo en Bilbao y alrededores
Y llegamos a una de mis partes favoritas.
Porque después de caminar, visitar museos, subir montes y recorrer pueblos…
hay que comer.
Estos restaurantes no aparecen aquí porque sean simplemente lugares conocidos.
Los incluyo porque yo he comido en ellos y puedo hablar desde mi propia experiencia.
Y eso, cuando recomiendo un restaurante, para mí es importante.
Restaurante Maider
Cuando mi empresa estuvo situada en el barrio de Abando, yo tenía que quedarme muchas veces a comer en Bilbao.
Uno de los restaurantes a los que acudía habitualmente era Restaurante Maider.
Está en una ubicación muy cómoda, frente a los juzgados, en la calle Colón de Larreátegui.
Es un restaurante tradicional, pero con algún toque moderno.
Lo que más destacaría es su buena relación calidad-precio.
Las raciones son normales, ni pequeñas ni exageradas, y el menú del día que yo conocí tenía varios primeros para elegir, carne o pescado como segundo y diferentes postres caseros.
Pero para mí hay que destacar especialmente la parrilla.
También tiene una barra de pintxos muy interesante.
Es uno de esos lugares clásicos, de toda la vida, con ambiente familiar y personal cercano.
Restaurante Maider Colón de Larreátegui, 5 48001 Bilbao
Teléfono: 944 24 89 91
Como no dispone de web oficial, recomiendo comprobar por teléfono los horarios y el menú antes de ir.
Gure Kabi
Celebrábamos el cumpleaños de mi madre y, como ella es muy de comida tradicional, elegimos Gure Kabi.
Habíamos reservado, aunque tuvimos la suerte de poder entrar un poco antes.
El restaurante estaba lleno y no tardó en empezar a formarse gente esperando.
Eso ya dice bastante.
La comida es tradicional, las raciones son generosas y los postres son caseros.
Y aquí tengo una recomendación muy clara:
la tarta de queso.
Deliciosa.
Nosotros fuimos al menú del día, que en aquella época costaba 14 € por persona.
Incluía primero, segundo, postre, agua o vino y pan.
El precio, evidentemente, puede haber cambiado.
También vi que habían recibido reconocimiento por sus croquetas, así que esa es una de esas cosas que tengo pendientes para una próxima visita.
Tiene menú del día, menús especiales, opciones para grupos y carta.
El comedor es amplio y está decorado con fotografías antiguas de Bilbao.
El personal siempre me ha parecido especialmente agradable y atento.
Las raciones son grandes, están bien presentadas y son sabrosas.
Para mí destaca por su buena relación calidad-precio.
Tiene además una cafetería propia con una barra de pintxos estupenda.
Se puede acceder desde Gran Vía o desde la cafetería, donde hay un ascensor de cristal que sube hasta el comedor.
Es una opción muy práctica si estáis por el centro y queréis comer sin complicaros demasiado.
Aspaldiko, en Loiu
Si buscáis un lugar especial para una ocasión única, Aspaldiko es una apuesta que yo tendría muy en cuenta.
Nosotros lo elegimos para una visita muy especial de unos amigos que venían desde Nueva Zelanda y Australia.
Queríamos enseñarles algo de nuestra gastronomía, pero también algo que tuviera ese carácter vasco que no iban a encontrar en cualquier sitio.
Y acertamos.
Aspaldiko está ubicado en un caserío histórico del siglo XV, declarado Bien Cultural en categoría de Monumento. El edificio conserva elementos originales como piedra y madera y el restaurante funciona allí desde 1988.
La noche que fuimos, además, se estaba celebrando una boda.
Así que el lugar tenía un ambiente muy especial.
Nuestra experiencia en Aspaldiko
Reservamos para cenar y pedimos a la carta.
La experiencia comenzó en el jardín del caserío, donde pudimos ver incluso pavos reales paseando por la finca.
Para nuestros amigos, aquello ya fue una experiencia.
Para compartir pedimos:
Almejas a la plancha.
Ensalada de txangurro desmigado.
Arroz meloso de berberechos.
Kokotxa de merluza con pil-pil y aire de tinta de chipirón.
Después probamos diferentes platos principales, entre ellos bacalao a la vizcaína y al pil-pil, incluso la opción de probar ambos estilos, además de carne.
Y llegamos a los postres.
Cuajaditos de queso.
Goxua.
Helados artesanos.
El goxua es uno de esos postres que recomiendo probar si nunca lo habéis hecho.
La carta actual sigue incluyendo goxua, aunque los platos y precios pueden cambiar con el tiempo.
Un trato excelente
Como habíamos reservado en el primer turno, el personal tuvo el detalle de enseñarnos diferentes zonas del restaurante.
Mis amigos no hablaban español y mi marido hizo de improvisado traductor al inglés.
Fue un detalle que agradecimos muchísimo.
El servicio fue ágil y amable y las raciones nos parecieron generosas.
Mis amigos no paraban de untar pan en las salsas.
Y creo que esa es una de las mejores críticas que puede recibir un restaurante.
Aspaldiko continúa actualmente orientado tanto a comidas como a celebraciones y eventos, y dispone de jardines y diferentes salones.
Txakoli Simón: chuleta, parrilla y vistas
Y ahora nos vamos a Artxanda.
Si os gusta la carne, probablemente habréis oído hablar de Txakoli Simón.
Está considerado por el propio establecimiento como uno de los grandes referentes de la txuleta en Bilbao y su chef, Óscar García, fue reconocido como Maestro Parrillero Campeón en 2019 y 2021.
El restaurante se encuentra en el Camino de San Roque Bidea, en Artxanda.
Tiene aparcamiento propio.
Y una vez allí hay algo que os recomiendo hacer aunque no tengáis hambre:
subid a la terraza y mirad las vistas.
Son preciosas.
Diferentes espacios para comer
Cuando estuvimos allí llegué a contar aproximadamente seis zonas diferentes para comer.
Había espacios exteriores, terrazas, merenderos y comedor.
La zona de campa tiene un concepto más informal y actualmente el propio restaurante explica que funciona con un sistema de autoservicio, sin necesidad de reservar para ese espacio.
Eso me parece especialmente interesante si vais en familia o con perros.
En cambio, los espacios interiores tienen un servicio más tradicional.
Morcillas artesanales de puerro sobre pimientos rojos asados.
Chuleta de aproximadamente un kilo.
Patatas.
Tarta de queso.
Goxua.
Tengo que hacer una mención especial a la morcilla.
Mi familia materna es del Valle de Carranza y estoy acostumbrada a la morcilla de verduras.
Es mi favorita.
Así que cuando vi estas morcillas de puerro, tenía que probarlas.
Y estaban deliciosas.
Pero, evidentemente, la gran protagonista fue la chuleta.
Nos trajeron además una pequeña parrilla portátil de carbón para poder mantener la carne caliente y terminarla al gusto.
Comimos muy bien.
Las raciones eran generosas y el precio nos pareció razonable para el tipo de producto y el lugar.
¿Reservar?
Sí.
Especialmente si queréis comer en el comedor.
Txakoli Simón se ha vuelto muy popular y las redes sociales han contribuido a que mucha más gente conozca el lugar.
La campa exterior tiene actualmente un funcionamiento diferente y no requiere reserva previa, pero para el restaurante tradicional yo no me arriesgaría.
Reservaría.
Teléfono: 944 45 74 99
Dirección:
Camino de San Roque Bidea, 89 48015 Bilbao
Santo Tomás: una tradición que anuncia la Navidad
El 21 de diciembre Bilbao celebra la feria de Santo Tomás, una de las citas más tradicionales del calendario.
El centro de la celebración se encuentra en torno al Arenal y El Arenal.
Los baserritarras llegan a la ciudad con productos de temporada y la ciudad se llena de puestos.
Es uno de esos días en los que Bilbao huele especialmente bien.
Se toma txakoli.
Se comen pintxos.
Y, sobre todo, se come talo.
El más tradicional es el talo con chorizo.
Y aquí confieso algo:
es uno de mis platos favoritos.
El talo se elabora con harina de maíz, agua y sal.
Se amasa, se deja reposar y se forman pequeñas bolas que posteriormente se estiran hasta conseguir una especie de torta fina que se cocina sobre una plancha.
Sencillo.
Tradicional.
Y buenísimo.
Aste Nagusia: Bilbao se transforma
Si hay una fiesta que representa el carácter bilbaíno, esa es la Aste Nagusia.
La Semana Grande de Bilbao dura nueve días y tiene como gran protagonista a Marijaia.
El comienzo de las fiestas está marcado por el pregón y el lanzamiento del txupin desde el entorno del Teatro Arriaga.
Marijaia aparece entonces para presidir las fiestas.
En 2026, Aste Nagusia se celebrará del 22 al 30 de agosto.
Durante esos días Bilbao se llena de conciertos, teatro, actividades infantiles, concursos gastronómicos, fuegos artificiales y las famosas txosnas.
El Casco Viejo y ambas márgenes de la ría se convierten en auténticos puntos de encuentro.