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Caminante no hay camino se hace camino al andar

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    LAS CASCADAS DE LAMIÑA, Cantabria

    Hay lugares que no necesitan grandes monumentos para sorprendernos. Basta con un bosque, el sonido del agua y un sendero que se va adentrando poco a poco en la naturaleza.

    La ruta se encuentra en el municipio de Ruente, en pleno valle de Cabuérniga, y se adentra en el entorno del Parque Natural Saja-Besaya, uno de los espacios naturales más representativos de Cantabria.

    Aquí el paisaje es el que uno espera encontrar cuando piensa en la Cantabria más verde: prados, bosques, arroyos, montes y pequeños pueblos de arquitectura tradicional.

    Dos pueblos para comenzar la ruta

    La ruta puede iniciarse tanto desde Lamiña como desde Barcenillas, aunque personalmente considero más práctico comenzar en Barcenillas, ya que allí encontramos el inicio señalizado de forma clara.

    En Lamiña el espacio para estacionar es limitado, por lo que conviene evitar aparcar donde podamos molestar a los vecinos. Desde Barcenillas, en cambio, podremos localizar con mayor facilidad el comienzo del recorrido.

    Antes de echar a andar merece la pena detenerse unos minutos a contemplar Barcenillas. El pueblo es conocido por sus casonas montañesas, y constituye uno de los conjuntos de arquitectura rural más interesantes del municipio de Ruente. Sus casas, prados y muros de piedra forman parte de ese paisaje tradicional del valle que todavía conserva mucho de su carácter.

    Y es que estos pueblos tienen mucha más historia de la que podría parecer a primera vista.

    Un paisaje con mucha historia

    El valle de Cabuérniga aparece documentado desde la Alta Edad Media y tanto Barcenillas como Lamiña tienen un origen antiguo ligado a los asentamientos rurales y a la explotación tradicional de los bosques y pastos.

    En Lamiña encontramos uno de los testimonios históricos más interesantes de la zona: la ermita de San Fructuoso.

    Aunque el edificio que vemos actualmente corresponde a épocas posteriores, en este lugar existió un antiguo monasterio cuya presencia aparece documentada ya en el año 978. Las excavaciones arqueológicas han sacado a la luz restos de construcciones y una necrópolis, y en el interior de la ermita se conserva un sarcófago prerrománico.

    Es un detalle que me parece especialmente bonito: estamos caminando hacia unas cascadas aparentemente escondidas en el bosque, pero el camino atraviesa un territorio habitado y aprovechado desde hace muchos siglos.

    Comenzamos a caminar desde Barcenillas

    Desde Barcenillas encontraremos los paneles que indican el comienzo de la ruta.

    El primer tramo discurre por una pequeña pista que avanza junto al arroyo, entre prados y bosque de ribera. Oficialmente es posible recorrer parte de esta pista en vehículo, pero no es una opción que recomendaría: el firme presenta numerosos baches y, además, ¿qué prisa tenemos?

    Mucho mejor caminar y disfrutar del paisaje.

    Poco a poco vamos dejando atrás las zonas más abiertas y nos vamos introduciendo en un entorno cada vez más boscoso. Avellanos, castaños, serbales y otras especies acompañan buena parte del recorrido, mientras el sonido del agua se convierte en nuestra banda sonora particular.

    Después de aproximadamente 2,5 kilómetros llegaremos al punto donde se une el camino procedente de Lamiña y continuaremos siguiendo las indicaciones hacia las cascadas.

    A partir de aquí la ruta se vuelve todavía más bonita.

    El tramo junto al río

    El sendero se adentra en el bosque y nos acerca progresivamente al agua.

    En algunos puntos tendremos que cruzar el río ayudándonos de las piedras, por lo que aquí conviene olvidarse de las prisas y prestar atención a dónde ponemos los pies. El terreno puede cambiar bastante dependiendo de la cantidad de agua que haya bajado por el arroyo.

    Y entonces llega la recompensa.

    Entre la vegetación aparecen las Cascadas de Lamiña, también conocidas como Cascadas de Úrsula, formadas en la confluencia de los arroyos Moscadoiro y Barcenillas.

    Son dos saltos de agua diferenciados, encajados entre las rocas y rodeados de bosque. El agua baja cristalina y, especialmente en determinadas épocas del año, el espectáculo resulta precioso.

    No son unas cascadas gigantescas ni necesitan serlo. Su encanto está precisamente en encontrarlas después de caminar por el bosque y descubrir de repente el agua precipitándose entre las piedras.

    Es uno de esos rincones en los que apetece quedarse un rato simplemente escuchando.

    ¿Volvemos por el mismo camino?

    Tenemos dos posibilidades.

    La más sencilla es regresar por el mismo camino, disfrutando nuevamente del bosque y del arroyo.

    La segunda opción es continuar por un sendero que asciende después de las cascadas. Hay una pequeña escalinata anclada en la roca entre ambas zonas de salto que permite ganar altura y regresar por la parte superior.

    Esta variante acorta el recorrido, pero también resulta más abrupta y requiere algo más de atención, especialmente si el terreno está húmedo.

    Por eso, si vamos con niños pequeños, personas poco acostumbradas al senderismo o simplemente queremos disfrutar de un paseo tranquilo, probablemente sea más cómodo volver por el mismo lugar.

    Una ruta sencilla, pero con una importante advertencia

    Las características oficiales sitúan la ruta completa en torno a los 8,2 kilómetros, con una duración aproximada de tres horas, unos 100 metros de desnivel y dificultad baja. El itinerario está balizado y combina pistas y senderos bien trazados.

    Eso sí: que una ruta esté considerada de dificultad baja no significa que podamos bajar la guardia.

    Estamos en un entorno de montaña y hay tramos próximos al agua, piedras y zonas que pueden estar resbaladizas. Con lluvia o después de varios días de precipitaciones hay que extremar las precauciones, especialmente en los cruces del río y en el tramo de las cascadas.

    Yo evitaría hacerla con el terreno muy mojado. El agua puede transformar completamente el aspecto del sendero y hacer que algunas piedras sean bastante traicioneras.

    Calzado cómodo y con buena suela, algo de agua y, si el tiempo amenaza, un chubasquero en la mochila. En Cantabria nunca está de más.

    La mejor recompensa: caminar sin prisa

    La Ruta de las Cascadas de Lamiña no es de esas excursiones que hacemos para presumir de kilómetros.

    Es para disfrutar.

    Para escuchar el agua, caminar bajo los árboles, cruzar algún pequeño arroyo, descubrir las casonas de Barcenillas, recordar la historia de Lamiña y terminar frente a unas cascadas que parecen escondidas expresamente para que quien llegue hasta ellas tenga la sensación de haber encontrado un pequeño tesoro.

    Datos prácticos

    📍 Localización: municipio de Ruente, Valle de Cabuérniga, Cantabria.
    🥾 Inicio recomendado: Barcenillas, donde la ruta está señalizada.
    ↔️ Distancia: aproximadamente 8,2 km en la ruta completa, dependiendo de la variante.
    ⏱️ Duración: alrededor de 3 horas.
    📈 Desnivel: unos 100 m según la información municipal.
    ⭐ Dificultad: baja, aunque hay zonas junto al río y una variante de regreso más abrupta.
    💧 Agua: hay fuentes en Barcenillas y Lamiña.
    🌳 Entorno: bosque, prados, arroyos y cascadas.
    ☔ Precaución: especialmente recomendable evitar la ruta con fuertes lluvias o terreno muy mojado.
    🅿️ Aparcamiento: es preferible organizar el inicio desde Barcenillas y respetar siempre las zonas habilitadas, evitando obstaculizar las calles de los pequeños núcleos.

    Antes de hacer la ruta conviene comprobar las condiciones del sendero y las indicaciones locales, ya que el estado del terreno puede variar después de episodios de lluvia.

    Y una última cosa: si vais hasta Barcenillas, no os limitéis a llegar, hacer la ruta y marcharos. Dad una vuelta por el pueblo. Sus casonas y su arquitectura tradicional forman parte de la propia experiencia de esta escapada.

    Puntuación: 1 de 5.

    Gracias por leerme.

    Espero que os haya gustado 😘😘