Dentro de la provincia de Teruel, Albarracín es una visita obligada. Se trata de uno de los pueblos medievales más bonitos de España, famoso por sus murallas de origen árabe, que todavía se conservan en muy buen estado.
Nosotros estábamos de escapada por la zona y nos acercamos con nuestro propio coche. Fuimos a la aventura, por lo que no habíamos reservado para comer (os lo recomiendo completamente, es demasiado turístico), pudimos comer allí pero después de tener que esperar mucho tiempo al ir sin reserva.
Aparcamiento y primeras recomendaciones
A la entrada del pueblo hay dos aparcamientos. Como es un destino muy popular, especialmente los fines de semana y festivos, os recomiendo llegar temprano para encontrar sitio sin problemas.
Junto a uno de los aparcamientos se encuentra la oficina de turismo, que permanece abierta hasta las 14:00 horas.
Consejos para recorrer el casco histórico
Si vais a recorrer sus calles, llevad calzado cómodo. El casco histórico está lleno de cuestas, escaleras y calles empedradas.
Monumentos más fotografiados de Albarracín
La muralla medieval
Es imposible no verla, ya que rodea gran parte del pueblo. Incluso antes de llegar, desde la carretera, ya se puede contemplar. El conjunto es espectacular.
La Catedral de San Salvador
Construida en el siglo XVI, se encuentra en pleno casco histórico. Es uno de los edificios más emblemáticos de la localidad. La oficina de turismo organiza visitas guiadas.
El Alcázar
De aspecto similar a un castillo, se encuentra dentro del casco histórico. Es recomendable solicitar un mapa en la oficina de turismo para localizarlo fácilmente.
Gastronomía en Albarracín
Durante el paseo por el pueblo encontraréis numerosos restaurantes donde se come muy bien. Debido a la afluencia de visitantes, es recomendable reservar con antelación.
Ruta fluvial del río Guadalaviar
Una de las rutas más populares. El sendero discurre junto al río Guadalaviar, cruzando puentes y pasarelas.
Desde el camino se pueden ver las casas colgadas, que recuerdan a las de Cuenca. Yo lo recorrí y lo tengo apuntado en uno de mis post, muy fácil de hacer y visual.
Esta zona suele ser muy calurosa en verano, os lo recomiendo visitar en Otoño e Invierno.
Naturaleza en la Sierra de Albarracín
Ruta del Barranco de la Hoz
Hay un post en el blog dedicado a ello, también fácil de hacer, fijaros que yo soy semi urbanita y he podido transitar por allí.
Murallas de Albarracín
Se puede recorrer parte de la muralla y visitar algunas torres. Accesos:
Calle del Chorro
Calle Subida a las Torres (junto a la iglesia de Santiago)
Portal de Molina
Cascada del Molino de San Pedro
También he escrito sobre ello en el blog, lo podéis buscar.
Cascada del Molino Viejo
Desde Albarracín se toma la carretera A-1704 hacia Royuela y Calomarde. Desvío hacia Royuela y la Vega del Tajo. El acceso está señalizado y hay aparcamiento cercano.
Nacimiento del río Tajo
El río Tajo nace en Fuente García, en Frías de Albarracín. En este lugar hay un monumento dedicado a las tres provincias que forman su cauce: Teruel, Guadalajara y Cuenca.
Se encuentra en el norte de la provincia de Burgos, la zona de las Merindades.
Son apenas dos kilómetros los que separan Frías de Tobera por la carretera BU-504.
Las aguas del río Molinar, que han formado un desfiladero a su paso por Tobera, provienen de los Montes Obarenes y desembocan unos kilómetros más adelante en el río Ebro.
Recibe este nombre porque junto al curso del río había varios molinos hidráulicos que aprovechaban la corriente del agua para generar energía en las fábricas que surtían de papel a las prensas burgalesas.
“El río Molinar entre cascadas
y su sonido en el desfiladero,
colma la dicha de cualquier viajero,
que en vano sueña con un cuento de hadas.”
VERSOS DEL POEMA A TOBERA (BURGOS), DE JUAN ANTONIO GALISTEO LUQUE
Hay que seguir la senda del Molinar, que comienza junto a las ermitas de Santa María de la Hoz y del Cristo de los Remedios y podrás admirar numerosos saltos de agua y una gran cascada final a lo largo del pueblo.
La ermita románica de Santa María de la Hoz, del siglo XIII, antaño sirvió como hospedaje para los peregrinos del Camino de Santiago. Se cree que puede estar construida sobre un templo anterior y, en sus interiores, dicen que se conservan coloridos frescos. Está cerrada al público o por lo menos yo nunca la he visto abierta (y la he visitado un montonazo de veces).
La ermita del Cristo de los Remedios es de menor tamaño y del siglo XVII. Parece un clásico humilladero y en su interior está la talla de una gran serpiente. Está colocada en una vitrina, justo debajo del Cristo de los Remedios.
Según la leyenda, «un joven cartero, que llevaba el correo a una reina, se encontró en este lugar con un enorme reptil. La serpiente intentó atacarle, haciendo desbocar al caballo. El mensajero, asustado, sacó su espada y rezó una oración haciendo que la serpiente desapareciese. Gracias a ese suceso, cuando el joven se lo contó a la reina, la mujer decidió levantar una ermita en honor al Cristo de los Remedios. Y, para recordar los peligros del camino, en su interior se decidió guardar una talla con la imagen del reptil.»
El pueblo es muy fácil de recorrer andando y hay una pista señalizada que te lleva al mirador de las Cascadas.
Era nuestra primera visita a las Islas Canarias y, desde el principio, nos recomendaron alquilar un coche para recorrer Gran Canaria con total libertad. Viajamos en septiembre, una época fantástica para disfrutar de la isla con buen tiempo y sin las aglomeraciones de otras fechas.
Nada más llegar al aeropuerto encontramos numerosas empresas de alquiler de vehículos. Sin embargo, la compañía más popular de Canarias es CICAR. En nuestro caso habíamos realizado la reserva por Internet, aunque aun así tuvimos que esperar un rato en el mostrador para ser atendidos.
Nos alojamos en el sur de la isla, cerca de Maspalomas, una de las zonas más cálidas de Gran Canaria. Gracias al coche pudimos recorrer la isla de punta a punta y descubrir lugares muy diferentes entre sí.
Lanzarote la visitamos en enero de 2020, justo unos meses antes de que el mundo cambiara por completo con la llegada del Covid-19.
Al igual que nos ocurrió en Menorca, viajar en esta época nos permitió disfrutar de la isla con mucha más tranquilidad. Es cierto que algunos negocios tienen horarios más reducidos, pero a cambio puedes recorrer sus paisajes sin las aglomeraciones del verano.
Volamos desde Bilbao y, nada más llegar, recogimos un coche de alquiler.
Para movernos por Canarias solemos confiar en CICAR, una empresa con la que siempre hemos tenido buenas experiencias por su relación calidad-precio.
Eso sí, ya sabíamos que tocaría esperar un poco en el aeropuerto para recoger el vehículo. No fue ninguna sorpresa; en las islas el ritmo suele ser más pausado, así que lo mejor es tomárselo con calma y empezar las vacaciones sin prisas.
Si hay algo que me gusta hacer antes de viajar es preparar el recorrido.
No para ir corriendo de un sitio a otro, sino justo para lo contrario: aprovechar el tiempo sin agobios. No me gusta visitar lugares solo para tacharlos de una lista, ni pasar el día entero haciendo fotos sin disfrutar del momento.
Prefiero combinar las visitas con un buen paseo, una comida tranquila y algún rato simplemente contemplando el paisaje. Al fin y al cabo, para mí viajar consiste precisamente en eso: disfrutar.
En esta guía os voy a enseñar los lugares que más nos gustaron durante nuestro recorrido por Lanzarote.
No pretende ser una lista de todo lo que hay que ver en la isla, sino una selección de aquellos rincones que más nos sorprendieron y que, sin dudarlo, volvería a visitar.
Parque Nacional de Timanfaya
Hablar de Lanzarote es hablar de Timanfaya. Es, probablemente, el lugar más conocido de la isla y una visita imprescindible.
Aunque las fotografías ayudan a hacerse una idea, no es hasta que estás allí cuando comprendes de verdad cómo las erupciones volcánicas transformaron por completo este paisaje.
La Ruta de los Volcanes se realiza en uno de los autobuses del propio parque.
Se deja el coche en el aparcamiento y desde allí comienza una visita guiada en la que se recorren algunos de los rincones más espectaculares del parque. Al finalizar, el autobús regresa al punto de partida, donde también realizan varias demostraciones para mostrar el calor que todavía conserva el subsuelo.
Nosotros preferimos reservar la visita directamente con el parque.
Es uno de los lugares más populares de Lanzarote y, especialmente en temporada alta, merece la pena llevar la reserva hecha con antelación.
Un pequeño consejo que os puede venir bien: si podéis elegir asiento en el autobús, intentad sentaros en el lado derecho. Durante buena parte del recorrido las vistas desde ese lado son especialmente bonitas.
Además de esta ruta, también hicimos la Ruta Tremesana, una visita guiada en grupos reducidos que permite recorrer a pie una zona restringida del parque.
El punto de encuentro es el Centro de Interpretación, desde donde los propios guías trasladan a los visitantes hasta el inicio del recorrido.
Si os gusta caminar, otra opción muy recomendable es subir a la Caldera Blanca, una ruta que puede hacerse por libre y que ofrece unas vistas impresionantes del paisaje volcánico.
En cuanto al horario, mi consejo es llegar a primera hora de la mañana o dejar la visita para última hora de la tarde. Son los momentos en los que suele haber menos gente y se disfruta mucho más del entorno.
Y no, nosotros no hicimos el paseo en dromedario.
Personalmente prefiero no participar en este tipo de actividades porque me da bastante pena el uso que se hace de estos animales.
La Geria
Muy cerca de Timanfaya se encuentra La Geria, uno de los paisajes más singulares de Lanzarote. Aquí la lava dejó un terreno aparentemente imposible para el cultivo, pero los agricultores supieron convertirlo en una de las zonas vinícolas más características de Canarias.
Las vides crecen protegidas por pequeños muros de piedra volcánica y el lapilli ayuda a conservar la humedad, permitiendo que las plantas prosperen en un entorno donde, a simple vista, parece que no pudiera crecer nada.
Merece la pena recorrer la zona sin prisas y detenerse en alguno de sus miradores para apreciar este paisaje tan diferente.
Charco de los Clicos
Otro de los lugares que más nos llamó la atención fue el Charco de los Clicos, también conocido como el Lago Verde. Se encuentra dentro del cráter abierto al mar de El Golfo y debe su característico color a las algas que viven en sus aguas.
Es uno de esos rincones donde el contraste de colores sorprende: la arena negra, las rocas volcánicas, el intenso verde de la laguna y el azul del Atlántico forman un paisaje realmente espectacular.
Después de la visita nos acercamos al pequeño pueblo pesquero de El Golfo para comer en Casa Rafa Restaurante de Mar, una elección que resultó ser todo un acierto.
La carta es muy variada, el servicio fue rápido y amable, y la relación calidad-precio nos pareció muy buena.
Nos llamó la atención que, al servir la ensalada, nos trajeran una selección de aceites, vinagres y sales para aliñarla al gusto. Entre todos ellos, el vinagre de cebolla y el de mango nos sorprendieron especialmente.
Como siempre que viajamos, intentamos probar productos típicos de la zona.
En esta ocasión pedimos unas lapas y un bocanegra a la plancha, un pescado fresco de la isla que nos limpiaron en la propia mesa. Fue una comida que disfrutamos mucho y que recordamos con cariño.
Los Hervideros
A pocos minutos en coche se encuentran Los Hervideros, uno de esos lugares donde la fuerza del océano impresiona de verdad.
Las antiguas coladas de lava han dado lugar a un entramado de cuevas, grietas y bufaderos por los que el mar entra con enorme fuerza cuando hay oleaje.
Actualmente existen varios miradores y pasarelas desde los que se puede contemplar este espectáculo con seguridad.
Si podéis elegir, intentad visitarlo cuando el mar esté algo revuelto; las olas golpeando contra la roca hacen honor al nombre del lugar.
Eso sí, conviene extremar siempre la precaución y respetar las zonas habilitadas para la visita.
Salinas de Janubio
La siguiente parada fueron las Salinas de Janubio, las más grandes de Canarias y uno de los paisajes más representativos de la isla.
Además de recorrerlas, merece la pena entrar en su pequeña tienda. Yo aproveché para comprar sal de mojo rojo y de mojo verde, y la verdad es que fue todo un acierto. Todavía hoy me acuerdo de lo buenas que estaban.
Calas de Papagayo
Si hay un lugar donde el color del mar nos dejó completamente impresionados, fue en las Calas de Papagayo.
Están situadas dentro del Monumento Natural de Los Ajaches, un espacio protegido que conserva algunas de las playas más bonitas de Lanzarote.
Aunque la más famosa es la playa de Papagayo, a nosotros también nos gustó mucho Playa Mujeres. Es bastante más amplia, suele estar menos concurrida y, si el mar está tranquilo, es fácil ver peces nadando muy cerca de la orilla.
Para acceder en coche hay que pagar una pequeña tasa y recorrer una pista de tierra. No es especialmente complicada, pero conviene conducir despacio.
Al tratarse de un entorno prácticamente virgen, apenas hay servicios.
Mi consejo es llevar agua, algo de comida y protección solar, porque los pocos establecimientos que hay suelen ser más caros y, además, no existen baños públicos.
Si vais directamente a la playa de Papagayo, tened en cuenta que el acceso se realiza mediante varios tramos de escaleras, por lo que puede resultar incómodo para personas con movilidad reducida.
Otra opción interesante es dejar el coche por la zona del Hotel Sandos Papagayo y recorrer el sendero que pasa por Playa Mujeres y otras pequeñas calas antes de llegar a Papagayo.
Es un paseo muy agradable de unos veinte minutos, con bonitas vistas durante todo el recorrido.
Los Ajaches constituyen el macizo volcánico más antiguo de Lanzarote, con materiales que se formaron hace millones de años.
Además de su interés geológico, en esta zona se encuentran los restos del primer asentamiento de los conquistadores franco-normandos que llegaron a la isla a comienzos del siglo XV.
Pero, sinceramente, más allá de la historia, lo que realmente hace especial este rincón es el paisaje.
El contraste entre las montañas volcánicas y ese mar de un intenso color turquesa convierte la zona en uno de esos lugares que cuesta olvidar.
Arrecife
Aunque mucha gente utiliza Arrecife únicamente como punto de llegada o de salida de la isla, merece la pena dedicarle unas horas.
Es una ciudad tranquila, perfecta para pasear sin prisas y descubrir un lado diferente de Lanzarote.
Uno de sus rincones más conocidos es el Charco de San Ginés, una pequeña laguna de agua salada rodeada de casas blancas, terrazas y pequeñas embarcaciones de pescadores. Es uno de esos lugares donde apetece sentarse un rato y simplemente ver pasar la vida.
Muy cerca también se encuentra el Castillo de San Gabriel, una fortaleza del siglo XVI construida para proteger la ciudad de los ataques piratas. Se accede por el Puente de las Bolas, uno de los símbolos más fotografiados de Arrecife.
Si os gusta pasear, el centro histórico es bastante agradable y encontraréis pequeñas tiendas, cafeterías y un ambiente mucho más relajado que en otras zonas turísticas de la isla.
Nosotros aprovechamos la visita para comer en Don Albahaca, un pequeño restaurante especializado en cocina romana que nos sorprendió muy gratamente.
Probamos dos de sus especialidades: el supplì, una especie de croqueta de arroz típica de Roma, y la pinsa, una masa similar a la pizza tradicional, pero mucho más ligera y digestiva.
Además, algunas de sus variedades llevan el nombre de localidades de Lanzarote, un detalle curioso que nos hizo gracia.
El local no es muy grande, aunque también dispone de terraza, y nos pareció una opción con una excelente relación calidad-precio.
Teguise
Durante el viaje también visitamos Teguise, la antigua capital de Lanzarote.
Es uno de esos pueblos que invitan a pasear sin rumbo, recorriendo sus calles empedradas, descubriendo pequeñas plazas y asomándose a sus tiendas de artesanía.
Las casas blancas, las puertas y ventanas de madera pintadas de verde o azul y el ambiente tranquilo hacen que conserve mucho encanto.
Si tenéis la oportunidad de visitarlo un domingo, además encontraréis uno de los mercadillos más conocidos de Canarias, aunque nosotros preferimos recorrerlo con más calma, sin tanta gente.
Es un buen lugar para hacer una parada, tomar algo en una terraza y disfrutar del ritmo pausado del pueblo.
Lagomar
Para terminar el día visitamos Lagomar, un lugar completamente distinto a todo lo que habíamos visto hasta ese momento.
Construido aprovechando una antigua cantera volcánica, este espacio mezcla arquitectura y naturaleza de una forma realmente sorprendente.
Cuevas, túneles, terrazas y jardines se suceden entre las paredes de roca creando un conjunto muy original.
Además de su belleza, Lagomar es conocido por la curiosa historia que lo relaciona con el actor Omar Sharif, quien, según cuentan, llegó a comprar la casa y la perdió poco después en una partida de cartas.
Sea cierta o no toda la historia, lo que sí puedo decir es que merece la pena acercarse a conocer este rincón tan diferente.
Es una de esas visitas que ponen un broche distinto al recorrido por la isla y demuestran, una vez más, cómo Lanzarote ha sabido integrar la arquitectura con el paisaje volcánico sin romper su esencia.
Playa de Famara
Muy cerca de Teguise se encuentra Playa de Famara, uno de los paisajes que más me impresionó de Lanzarote.
No es la típica playa de aguas tranquilas para pasar el día bañándose.
Aquí el protagonista es el océano, el viento y los enormes acantilados del Risco de Famara, que parecen caer directamente sobre la arena.
Es un lugar muy popular entre los aficionados al surf y al kitesurf, y aunque no practiquéis ninguno de estos deportes, merece la pena acercarse solo por contemplar el paisaje.
Nosotros fuimos en enero y prácticamente teníamos la playa para nosotros solos.
Poder caminar durante un buen rato por la orilla, escuchando únicamente el sonido del mar, fue uno de esos momentos sencillos que hacen que un viaje se recuerde durante mucho tiempo.
Si os gusta la fotografía, intentad visitarla cuando la marea esté baja. La arena mojada refleja el cielo y los acantilados creando unas imágenes realmente bonitas.
Tahíche
Fundación César Manrique
Hay un nombre que aparece constantemente cuando recorres Lanzarote: César Manrique. Artista, arquitecto y gran defensor del paisaje de la isla, dejó una huella que sigue presente en muchos de sus rincones.
Por eso creo que visitar la Fundación César Manrique ayuda a comprender mucho mejor Lanzarote.
La casa está construida sobre una antigua colada de lava y aprovecha varias burbujas volcánicas naturales para crear algunas de sus estancias.
Es sorprendente ver cómo la arquitectura y la naturaleza se integran de una forma tan armoniosa.
Más que una vivienda, parece una obra de arte en la que cada espacio está pensado hasta el último detalle.
A mí fue uno de los lugares que más me gustó de todo el viaje.
No solo por la casa en sí, sino porque ayuda a entender la filosofía de César Manrique y el enorme esfuerzo que hizo para conservar la identidad de Lanzarote frente al desarrollo turístico.
Después de recorrer la fundación, nosotros nos acercamos a comer a Los Aljibes de Tahíche, situado muy cerca.
Es un restaurante que combina cocina argentina y canaria, con raciones realmente abundantes, así que si vais en pareja o en grupo, merece la pena compartir algunos platos.
Nosotros pedimos una ensalada de la casa y una parrillada de carne, y todo estaba muy bueno.
Otro detalle curioso es que elaboran su propia cerveza artesana y el pan que sirven también es casero.
El restaurante ocupa un edificio diseñado por el propio César Manrique en 1976 y conserva una bodega muy singular que puede visitarse.
Además de comer bien, resulta interesante conocer este pequeño rincón de su legado arquitectónico.
Jardín de Cactus
Puede parecer extraño recomendar un jardín dedicado exclusivamente a los cactus, pero os aseguro que merece la pena.
El Jardín de Cactus fue otra de las grandes obras de César Manrique y está construido sobre una antigua cantera de extracción de ceniza volcánica.
En su interior se reúnen miles de ejemplares de cactus procedentes de diferentes partes del mundo. Incluso si no sois especialmente aficionados a la jardinería, resulta un lugar muy agradable para pasear.
La combinación entre la piedra volcánica, el verde de las plantas y el molino tradicional que preside el recinto crea un conjunto muy bonito.
Es una visita tranquila, diferente y perfecta para recorrer sin prisas.
Jameos del Agua
Si tuviera que elegir uno de los lugares más sorprendentes de Lanzarote, seguramente sería Jameos del Agua.
Este espacio nació en el interior de un túnel volcánico formado por la erupción del Volcán de la Corona y, una vez más, fue César Manrique quien supo transformarlo en un lugar único sin alterar su esencia.
Nada más entrar, llama la atención el lago interior, donde habita una especie de pequeños cangrejos albinos exclusivos de este lugar.
Son diminutos y cuesta verlos al principio, pero merece la pena detenerse un momento para buscarlos.
El recorrido continúa entre jardines, pasarelas y rincones donde la lava y la vegetación parecen convivir de forma completamente natural.
Es uno de esos sitios donde no importa tanto ir deprisa como disfrutar del ambiente.
Cueva de los Verdes
Muy cerca de allí se encuentra la Cueva de los Verdes, otro tramo del mismo túnel volcánico.
La visita solo puede hacerse con guía y resulta muy entretenida porque, además de explicar cómo se formó la cueva, permite recorrer galerías, pasillos y grandes salas creadas por la lava hace miles de años.
No quiero contar demasiado porque parte del encanto está en descubrirla por uno mismo, pero sí os aconsejo prestar atención hasta el final de la visita.
Hay una sorpresa que forma parte de la historia de este lugar y que merece la pena descubrir allí, sin spoilers.
Después de recorrer tanto los Jameos del Agua como la Cueva de los Verdes, acabé entendiendo por qué César Manrique defendía tanto el paisaje de Lanzarote.
Consiguió demostrar que era posible poner en valor estos espacios sin convertirlos en algo artificial, respetando siempre la naturaleza que los había creado.
Punta Mujeres
Uno de los pueblos que más me gustó del norte de Lanzarote fue Punta Mujeres.
Es un pequeño pueblo pesquero que conserva la tranquilidad de siempre y donde parece que el tiempo pasa un poco más despacio.
Lo más característico son sus piscinas naturales, formadas entre la roca volcánica y adaptadas para el baño.
Cuando el mar está tranquilo, el agua permanece completamente cristalina y son una alternativa perfecta a las playas tradicionales.
Me pareció un lugar ideal para dar un paseo, disfrutar del ambiente y contemplar el océano sin prisas.
Caletón Blanco
Muy cerca se encuentra Caletón Blanco, uno de esos rincones que llaman la atención desde el primer momento.
Aquí el contraste es absoluto: la arena blanca destaca sobre la roca volcánica negra, mientras el agua adopta unos tonos turquesa increíbles.
Cuando baja la marea se forman pequeñas piscinas naturales que convierten la zona en un lugar perfecto para relajarse.
Si viajáis con niños, creo que es una de las playas más agradables de la isla, ya que estas piscinas naturales suelen estar bastante protegidas del oleaje.
Volcán de la Corona
Muy cerca de allí se encuentra el Volcán de la Corona, responsable de la formación de los túneles volcánicos que hoy ocupan la Cueva de los Verdes y los Jameos del Agua.
Si os gusta el senderismo, existe una ruta que permite subir hasta el cráter y disfrutar de unas magníficas vistas del norte de Lanzarote y del archipiélago Chinijo.
Nosotros preferimos contemplarlo desde distintos puntos del recorrido, pero es una excursión muy recomendable para quienes quieran descubrir una faceta más tranquila de la isla.
Conclusión
Lanzarote es una isla diferente. Su paisaje volcánico, el contraste entre la roca negra y el intenso azul del océano, los pueblos blancos y la huella que dejó César Manrique hacen que tenga una personalidad única.
Durante nuestro viaje descubrimos lugares espectaculares, playas casi vírgenes, pequeños pueblos con mucho encanto y una gastronomía que nos sorprendió muy gratamente. Pero, sobre todo, disfrutamos de esa sensación de tranquilidad que transmite la isla cuando la recorres sin prisas.
Seguro que nos dejamos algún rincón por descubrir, porque Lanzarote tiene mucho que ofrecer. Aun así, todos los lugares que aparecen en esta guía forman parte de nuestro viaje y son los que, por una razón u otra, más recordamos y recomendaríamos.
Si estáis pensando en viajar a la isla, espero que nuestra experiencia os sirva para organizar vuestra ruta o, simplemente, para despertaros las ganas de conocer este rincón de Canarias.
Y si disponéis de un día más, no dejéis pasar la oportunidad de visitar La Graciosa. Para nosotros fue el complemento perfecto a este viaje y merece una escapada por sí sola.
Gracias por acompañarme una vez más. Espero que hayáis disfrutado de este recorrido tanto como nosotros disfrutamos viviéndolo. 😊
Menorca era una de esas islas que teníamos pendientes desde hacía tiempo y decidimos conocerla en enero, lejos del bullicio del verano. Viajar fuera de temporada tiene sus ventajas: pudimos recorrer calas, pueblos y monumentos con total tranquilidad, sin aglomeraciones y disfrutando de cada rincón a nuestro ritmo.
Eso sí, también hay que tener en cuenta la otra cara de la moneda. Menorca vive en gran parte del turismo, por lo que en invierno es habitual encontrar muchos hoteles, restaurantes y establecimientos cerrados.
Incluso algunas zonas turísticas parecen auténticos pueblos fantasma. Aun así, para nosotros compensó con creces poder descubrir la isla con tanta calma.
Como ya es habitual en nuestros viajes, recorrimos la isla por libre alquilando un coche.
Nos alojamos en Mahón, una ubicación perfecta para movernos cómodamente por toda Menorca y visitar sus principales atractivos.
Os doy un poco de información introductoria, desde 1993, Menorca está declarada Reserva de la Biosfera por la UNESCO gracias al excelente estado de conservación de su patrimonio natural.
Además, recientemente ha sido reconocida también como la mayor Reserva Marina de la Biosfera del Mediterráneo, un reflejo de la riqueza de sus ecosistemas.
Uno de los grandes protagonistas de la isla es el Camí de Cavalls, un sendero histórico de 185 kilómetros que rodea toda Menorca. Antiguamente servía para vigilar y defender la costa, mientras que hoy permite acceder a muchas de sus calas, atravesando acantilados, barrancos, bosques, humedales y algunos de los paisajes más bonitos de la isla. Está dividido en veinte etapas y forma parte de la red europea de senderos de Gran Recorrido (GR-223).
En esta entrada os voy a enseñar los lugares que visitamos durante nuestro viaje, aquellos que más nos gustaron y que, sin duda, volveríamos a recorrer.
Mahón (Maó)
Elegimos Mahón como base durante nuestra estancia y fue todo un acierto. Su ubicación permite llegar fácilmente a cualquier punto de la isla y, además, cuenta con uno de los puertos naturales más grandes del mundo, con unos cinco kilómetros de longitud.
Nos alojamos en el hotel Catalonia Mirador des Port, situado sobre el puerto, una zona muy tranquila y con unas vistas magníficas.
Mahón puede recorrerse perfectamente en un día.
Mi consejo es sencillo: callejear. Sus plazas, calles y rincones tienen mucho encanto y merece la pena descubrirlos sin un itinerario demasiado marcado.
En cuanto a la gastronomía, os recomiendo Can Xavi, un restaurante de cocina familiar muy popular donde es mejor reservar con antelación.
Si viajáis fuera de temporada, también merece la pena echar un vistazo a los restaurantes del puerto. Nosotros comimos en Muelle Asador, un local pequeño y acogedor que nos gustó mucho.
Aunque Mahón nos encantó, si tengo que elegir una de las dos grandes ciudades de Menorca, reconozco que Ciudadela me pareció aún más bonita. Pero, como siempre digo… para gustos, colores.
Binibèquer Vell
Binibèquer Vell es uno de los lugares más fotografiados de Menorca. Aunque muchos piensan que se trata de un antiguo pueblo de pescadores, en realidad fue construido en 1972 imitando la arquitectura tradicional mediterránea.
Nosotros lo visitamos en enero y la sensación fue curiosa.
Sus calles completamente blancas, estrechas y silenciosas, junto con todos los comercios cerrados, daban la impresión de estar paseando por un pueblo completamente deshabitado.
Para llegar, lo más sencillo es dirigirse hasta Sant Lluís y seguir las indicaciones hacia Binibèquer Vell.
Importante: desde el 1 de mayo de 2023 las visitas al poblado están reguladas y únicamente puede accederse entre las 10:00 y las 22:00 horas, una medida pensada para favorecer la convivencia con los vecinos.
Castillo de San Felipe
Situado en la entrada sur del puerto de Mahón, el Castillo de San Felipe fue construido a mediados del siglo XVI para proteger uno de los puertos naturales más importantes del Mediterráneo.
Aunque gran parte de la fortaleza desapareció con el paso del tiempo, todavía pueden visitarse sus impresionantes galerías subterráneas y conocer mejor la importancia estratégica que tuvo Menorca durante siglos.
Fortaleza de La Mola (Fortaleza de Isabel II)
Muy cerca del Castillo de San Felipe se encuentra otra de las visitas imprescindibles de Menorca: la Fortaleza de La Mola, también conocida como Fortaleza de Isabel II.
Fue construida entre 1848 y 1875 por orden de la reina Isabel II para proteger el puerto de Mahón frente a posibles invasiones, especialmente británicas, tras la demolición del antiguo Castillo de San Felipe.
Es una visita que recomiendo especialmente si os gusta la historia militar. Sus murallas, túneles y baterías permiten hacerse una buena idea de la importancia defensiva que tuvo la isla durante siglos.
Alaior
Nuestra siguiente parada fue Alaior, considerada la tercera localidad más importante de Menorca, después de Mahón y Ciudadela. Fundada en 1304, se encuentra a los pies del Monte Toro, por lo que gran parte del casco urbano está en pendiente.
Es un pueblo tranquilo, perfecto para pasear sin prisas y descubrir la Menorca más auténtica.
Aunque no suele aparecer entre los lugares imprescindibles de la isla, merece la pena dedicarle un rato si os gusta recorrer los pueblos con calma.
Cala Galdana
Cala Galdana es una de las playas más conocidas y fotografiadas de Menorca. Su forma de concha, sus aguas normalmente de color turquesa y el entorno que la rodea la convierten en uno de los grandes iconos de la isla.
Nosotros no tuvimos demasiada suerte.
Había llovido y hecho temporal el día anterior, así que, en lugar del característico color azul turquesa, nos encontramos el agua completamente marrón. Son esas cosas que tiene viajar y que no siempre aparecen en las fotografías.
Está rodeada de hoteles y es una de las zonas preferidas por el turismo familiar. Se encuentra a unos 23 kilómetros de Ciudadela y a 36 de Mahón, por lo que se llega fácilmente desde cualquiera de las dos ciudades.
La playa se forma en la desembocadura de los torrentes Algendar y Algendaret, creando una pequeña zona húmeda que hoy se utiliza como embarcadero.
Poblado talayótico de Torre d’en Galmés
Si os interesa la arqueología, este fue uno de los lugares que más disfrutamos.
Torre d’en Galmés es el mayor poblado talayótico de Menorca y uno de los yacimientos prehistóricos más importantes de Baleares.
Sus más de 66.000 metros cuadrados permiten hacerse una idea de cómo vivían los antiguos habitantes de la isla hace miles de años.
El asentamiento estuvo ocupado desde el periodo naviforme (1700-1400 a. C.) hasta la época romana tardía, e incluso se han encontrado restos de época islámica. Pasear entre sus construcciones de piedra resulta realmente impresionante.
Los talayots, que dan nombre a esta cultura, son construcciones prehistóricas de piedra con aspecto de torre y constituyen uno de los símbolos del patrimonio histórico de Menorca.
Poblado talayótico de Talatí de Dalt
Muy cerca de Mahón se encuentra otro de los grandes yacimientos arqueológicos de la isla: Talatí de Dalt. Aunque es de menor tamaño que Torre d’en Galmés, conserva una de las taulas más conocidas de Menorca.
El poblado está datado entre los años 650 y 123 a. C. y es de propiedad privada.
La visita permite recorrer los restos de viviendas, salas hipóstilas y otras construcciones que ayudan a comprender cómo era la vida en la Menorca prehistórica.
Aunque no seáis grandes aficionados a la arqueología, creo que merece la pena incluirlo en la ruta, especialmente si vais a visitar otros poblados talayóticos.
Necrópolis de Cala Morell
Uno de los lugares que más me sorprendió fue la Necrópolis de Cala Morell.
Se encuentra junto a un pequeño puerto natural de la costa norte de Ciudadela y alberga uno de los cementerios prehistóricos más espectaculares de Menorca.
Está formado por catorce cuevas excavadas artificialmente en la roca que imitaban las viviendas de la época postalayótica.
Nosotros la visitamos por libre y fue una experiencia muy recomendable.
Poder recorrer este lugar con tranquilidad hace que sea mucho más fácil imaginar cómo vivían —y cómo enterraban a sus difuntos— los antiguos habitantes de la isla.
Además, cuenta con aparcamiento y el acceso resulta muy cómodo.
Talayot de Torelló
Terminamos esta parte de la ruta visitando el Talayot de Torelló, uno de los talayots más grandes de Menorca.
Su origen se sitúa entre los años 1000 y 700 a. C. y aún hoy conserva gran parte de su estructura. Se encuentra junto a la carretera entre Mahón y San Clemente, dispone de aparcamiento y pertenece a una finca privada.
Es una parada rápida, pero muy interesante para completar el recorrido por la Menorca talayótica y comprender la importancia que tuvo esta cultura en la historia de la isla.
Ciudadela
Si Mahón nos gustó, Ciudadela terminó conquistándonos.
Para mí, tiene un encanto especial. Sus calles de piedra, sus plazas y su ambiente hacen que sea una ciudad para recorrer sin prisas.
Tuvimos la suerte de visitarla con muy buen tiempo, así que pudimos disfrutar de un agradable paseo por su pequeño puerto pesquero, rodeado de restaurantes.
Como viajamos en enero, la mayoría estaban cerrados, algo habitual fuera de la temporada turística.
Ciudadela fue la antigua capital de Menorca y conserva un importante patrimonio histórico. Si tenéis ocasión, os recomiendo perderos por su casco antiguo y descubrir sus rincones sin mirar demasiado el reloj.
Sus fiestas patronales, dedicadas a Sant Joan, se celebran durante la semana de San Juan y son unas de las más conocidas de Baleares.
Su origen se remonta al siglo XIV y en ellas participan distintos estamentos tradicionales de la sociedad menorquina: la nobleza, el clero, los campesinos y los artesanos, todos representados por los conocidos caixers.
Si algún día volvemos en verano, me gustaría coincidir con estas fiestas, que dicen que son todo un espectáculo.
Naveta des Tudons
Uno de los monumentos más conocidos de Menorca es la Naveta des Tudons, una construcción funeraria del siglo IX a. C. considerada una de las mejor conservadas de Europa.
Su forma recuerda a una embarcación invertida, de ahí el nombre de «naveta». Aunque actualmente no está permitido entrar ni subir a ella para garantizar su conservación, merece la pena acercarse y contemplarla de cerca.
Como nosotros viajamos en enero, no había control de acceso y pudimos visitarla tranquilamente, disfrutando del lugar sin apenas gente.
Es una visita rápida, pero imprescindible para conocer el importante legado prehistórico que conserva Menorca.
Monte Toro
Con sus 358 metros de altura, el Monte Toro es el punto más elevado de Menorca y uno de los mejores miradores de toda la isla.
Nosotros subimos en coche desde Es Mercadal, un trayecto de apenas cinco minutos. Eso sí, preparaos porque arriba suele hacer bastante viento.
En la cima se encuentra el Santuario de la Virgen del Toro, construido sobre una antigua iglesia gótica. La entrada es gratuita y actualmente está gestionado por una comunidad de monjas franciscanas.
Si el día está despejado, desde allí se puede contemplar prácticamente toda Menorca e incluso llegar a divisar Mallorca en el horizonte.
Es uno de esos lugares donde merece la pena detenerse unos minutos para disfrutar de las vistas antes de continuar la ruta.
Es Mercadal
Después de bajar del Monte Toro llegamos a Es Mercadal, un pueblo tranquilo cuyo origen se remonta al siglo XIII.
Nosotros aprovechamos para pasear por sus calles y visitar el mercado. Es una localidad agradable para hacer una pausa durante el recorrido por la isla.
Uno de los lugares que más me llamó la atención fue El Aljibe, una enorme infraestructura construida para recoger y almacenar agua de lluvia.
Fue mandado construir por el gobernador británico Richard Kane con el fin de abastecer tanto a sus tropas como a la población local. Tiene capacidad para almacenar 273.000 litros de agua, una cifra que impresiona cuando lo ves en persona.
En Es Mercadal también se celebra uno de los mercados semanales más tradicionales de Menorca, todos los jueves durante todo el año.
En verano tiene lugar por la tarde y la noche, mientras que el resto del año se celebra por la mañana.
Sus fiestas patronales están dedicadas a San Martín y tienen como protagonistas a los caballos y los famosos jaleos, una tradición medieval en la que jinetes y caballos recorren las calles engalanados al ritmo de la música.
Faro de Cavallería
El Faro de Cavallería se encuentra en el punto más septentrional de Menorca y fue uno de los lugares que más nos impresionó por el paisaje que lo rodea.
Los acantilados, de más de quince metros de altura, ofrecen unas vistas espectaculares del Mediterráneo. Llegar hasta él requiere recorrer una estrecha carretera de montaña, por lo que lo más cómodo es hacerlo en coche.
Aunque la mayoría de los visitantes se acercan durante el día, también es un lugar muy popular para contemplar la puesta de sol. Nosotros lo visitamos con tranquilidad y disfrutamos muchísimo del entorno.
Muy cerca del faro vimos algo que, por desgracia, cada vez es más habitual: montones de piedras apiladas formando pequeñas «esculturas».
En Menorca nos dijeron que era una tradición y que, si hacías una, volverías algún día a la isla.
Sinceramente, no me lo creo. Creo que es una costumbre que se ha extendido entre los turistas y que termina alterando el paisaje natural.
Personalmente, prefiero llevarme el recuerdo en fotografías y dejar el entorno tal y como lo encontré.
Fornells
Fornells fue una de las localidades que más visitamos durante el viaje. Al ir en enero encontramos muy pocos restaurantes abiertos y acabamos comiendo allí en varias ocasiones.
Si os gusta el pescado, os recomiendo el restaurante Es Port, situado junto al puerto. Nosotros comimos muy bien y repetimos varios días.
El pueblo tiene una bahía preciosa de aguas tranquilas y es perfecto para pasear sin prisas.
Además, podéis acercaros a la pequeña Ermita de Lourdes, excavada en la roca, visitar la Torre de Fornells, convertida en museo, o conocer los restos del Castillo de San Antonio, que protegía la entrada a la bahía.
Es uno de esos lugares donde apetece sentarse un rato frente al mar y disfrutar del ambiente.
Cala Pregonda
Cala Pregonda es una de las playas más singulares de Menorca. Situada en la costa norte, está rodeada por un entorno protegido y conserva un aspecto prácticamente virgen.
La cala está formada por tres pequeñas playas y destaca por el color rojizo de su arena, muy diferente al de otras playas de la isla.
Si buscáis tranquilidad y naturaleza, creo que merece mucho la pena acercarse hasta aquí.
Cabo de Favàritx
Otro de los lugares imprescindibles de Menorca es el Cabo de Favàritx.
Su paisaje es completamente distinto al resto de la isla. Los tonos grises de la pizarra, el viento constante y los acantilados crean un entorno casi lunar que sorprende desde el primer momento.
Llegar es muy sencillo desde Mahón siguiendo la carretera en dirección a Fornells y tomando el desvío señalizado hacia el faro. Si venís desde Ciudadela también hay varias opciones, aunque algunas recorren carreteras secundarias.
Junto al faro se encuentra una pequeña laguna temporal llamada Cós des Síndic, protegida para evitar que los vehículos circulen sobre ella cuando permanece seca. Muy cerca también están las calas Presili y Tortuga, además de uno de los tramos del Camí de Cavalls.
Existe una curiosa leyenda que dice que caminar sobre los charcos que se forman durante las noches de luna llena trae energía, fuerza y fertilidad.
Yo, sinceramente, prefiero disfrutar del paisaje durante el día. Bastante impresionante es ya el lugar como para necesitar una leyenda más. 😄
Arenal de Sa Mesquida
Visitamos Sa Mesquida al atardecer y fue un broche perfecto para terminar el día.
Esta playa, con forma de concha, está situada en un entorno muy apreciado por los aficionados al submarinismo gracias a la riqueza de sus fondos marinos.
Nosotros simplemente nos sentamos un rato a contemplar el paisaje mientras caía el sol. Fue uno de esos momentos sencillos que hacen especial cualquier viaje.
Arenal d’es Castell
Nuestra última parada fue Arenal d’es Castell, una playa semiurbana muy popular entre las familias.
A diferencia de otras calas más salvajes de Menorca, aquí encontraréis todos los servicios necesarios y un acceso muy cómodo. Sus aguas tranquilas y su amplia bahía la convierten en una buena opción para pasar unas horas de playa si viajáis con niños o simplemente buscáis un lugar donde relajaros sin complicaciones.
Conclusión
Menorca nos conquistó por su naturaleza, su historia y la tranquilidad con la que pudimos recorrerla en invierno. Es cierto que viajar en temporada baja implica encontrar algunos establecimientos cerrados, pero también permite disfrutar de la isla de una forma muy diferente, sin prisas y con una calma que en verano sería difícil encontrar.
Si tuviera que quedarme con algunos lugares de este viaje, elegiría Ciudadela, el Faro de Cavallería, Monte Toro y el paisaje del Cabo de Favàritx. Pero, en realidad, creo que lo mejor de Menorca es recorrerla sin un plan demasiado rígido y dejarse sorprender por cada rincón.