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Caminante no hay camino se hace camino al andar

Cascada: EL BOLAO en Alfoz de Lloredo, Cantabria

En la costa de Cantabria se encuentra El Bolao, un pequeño paraíso situado en el municipio de Alfoz de Lloredo, entre las localidades de Cóbreces y Toñanes.

Aquí el paisaje tiene algo muy especial: los verdes prados cántabros terminan de repente en los acantilados y, entre las rocas, el arroyo de la Presa se precipita hacia el mar Cantábrico formando una bonita cascada.

El conjunto forma parte de uno de los paisajes litorales característicos de la Marina Occidental de Cantabria, donde se mezclan praderías, pequeños núcleos rurales, acantilados y formas de relieve creadas durante miles de años por la acción del mar.

De hecho, el entorno de Cóbreces y Toñanes está incluido en el Catálogo de Paisajes Relevantes de Cantabria.

Llegando a El Bolao

Se puede llegar hasta El Bolao desde Cóbreces o desde Toñanes, incluso haciendo el recorrido entre ambas localidades.

Yo recomiendo comenzar desde Cóbreces, ya que existe una zona donde podemos dejar el coche y continuar caminando.

Desde allí iremos acercándonos poco a poco al borde de los acantilados.

Y aquí empieza lo bonito.

Antes incluso de llegar a la cascada, el paisaje ya merece la pena. Los prados verdes, la vegetación típica de la costa cántabra y el sonido del mar nos van acompañando mientras nos acercamos al precipicio.

Al asomarnos veremos los impresionantes acantilados de El Bolao, abiertos hacia el Cantábrico. Es uno de esos lugares en los que conviene pararse simplemente a mirar.

La cascada que cae hacia el Cantábrico

A medida que descendemos por el sendero comenzaremos a escuchar el agua y podremos ir siguiendo el curso del arroyo.

La cascada tiene aproximadamente seis metros de altura y el agua va descendiendo entre las piedras formando varios pequeños escalones antes de precipitarse hacia el mar.

La desembocadura queda encajada entre las rocas y los acantilados, justo al lado de las ruinas del antiguo molino.

Es precisamente esta combinación de agua, roca y mar la que hace tan especial a El Bolao.

La cantidad de agua puede variar bastante dependiendo de las lluvias, por lo que el aspecto de la cascada cambia según la época del año. Después de días lluviosos suele lucir especialmente bonita y espectacular.

El antiguo molino de El Bolao

Pero El Bolao no es solamente un bonito rincón natural. También guarda una pequeña parte de la historia de la vida rural de Cantabria.

La fuerza del agua fue aprovechada antiguamente para mover un molino hidráulico, al que los habitantes de la zona llevaban cereales, especialmente maíz, para obtener harina.

La energía del arroyo era fundamental en una época en la que estos pequeños molinos formaban parte de la economía cotidiana de muchos pueblos.

Para aprovechar mejor el desnivel y aumentar la fuerza del agua se construyó una pequeña presa junto al molino.

El salto de agua que podemos contemplar hoy es, por tanto, el resultado de la combinación entre la propia orografía del lugar y las modificaciones realizadas para utilizar el agua como fuente de energía.

El molino que todavía podemos ver junto a la cascada conserva en su dintel la fecha de 1867, aunque existen restos de otras dos estructuras molineras anteriores, una aguas arriba y otra aguas abajo.

El conjunto llegó a conservar incluso elementos de carpintería correspondientes a su última etapa de funcionamiento, ya en el siglo XX.

Hoy solo quedan las ruinas, integradas prácticamente en el paisaje. Y quizá ahí esté parte de su encanto: las piedras del antiguo molino, cubiertas por el paso del tiempo, parecen formar parte de los propios acantilados.

Los acantilados son el resultado de la acción continuada del Cantábrico sobre la costa, mientras que hacia el interior encontramos prados, pequeñas masas de vegetación y el paisaje rural característico de esta zona.

Y si tenemos la suerte de visitarlo en un día despejado, las vistas sobre el Cantábrico son preciosas. Al atardecer, además, este rincón adquiere una luz muy especial.

Un pequeño aviso

Si queremos acercarnos a la parte baja de la cascada, hay que hacerlo con precaución.

El sendero puede estar resbaladizo, especialmente después de la lluvia, y las piedras húmedas junto al agua pueden resultar peligrosas.

También conviene recordar que estamos junto a acantilados: nada de acercarse demasiado al borde y, especialmente si vamos con niños o perros, mejor mantenerlos controlados.

La parte superior se puede contemplar siguiendo el sendero señalizado, pero siempre con sentido común y respetando el entorno.

Cóbreces y Toñanes, dos puertas hacia El Bolao

Aunque el objetivo principal sea la cascada, merece la pena dedicar algo de tiempo a los dos pueblos que la rodean.

Cóbreces conserva el carácter de las localidades tradicionales de la costa cántabra y es especialmente conocido por la Abadía de Santa María de Viaceli, uno de los grandes elementos patrimoniales de la localidad.

Toñanes, por su parte, conserva también ejemplos de arquitectura tradicional montañesa y ofrece magníficas panorámicas hacia la costa y los acantilados de El Bolao.

Mi recuerdo de El Bolao

El Bolao es de esos lugares que demuestran que no siempre hace falta buscar grandes monumentos para encontrar sitios especiales.

Aquí no hay una espectacular infraestructura turística. Hay un sendero, unas ruinas, un arroyo que cae hacia el mar y unos acantilados que llevan miles de años contemplando cómo el Cantábrico golpea la costa.

Y precisamente por eso me gusta.

Porque mientras observas la cascada puedes imaginar a las personas que hace más de un siglo llegaban hasta aquí con sus cereales para aprovechar la fuerza del agua del mismo arroyo que hoy nosotros contemplamos simplemente como parte de un paisaje precioso.

Naturaleza e historia compartiendo el mismo rincón.

Y para mí, ese es uno de los grandes encantos de Cantabria.

Puntuación: 1 de 5.

Gracias por leerme.

Espero que os haya gustado 😘😘

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